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Versos con lengua

~ Versos con lengua: poesía que llueve, poesía que crece. Poesía que ama, poesía que duele

Versos con lengua

Publicaciones de la categoría: Todos

Bajo los focos

06 lunes Jun 2016

Posted by Gorka V. in Poesía, Todos

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Hoy la ciudad se viste de plumas y sedas. De vientres al viento, de tintineo salvaje. De giros y giros y giros. Palmas al aire. De ritmos alegres, voraces, hambrientos. Bailables.

Hoy te vistes de raso y encaje. Zapato negro, tacón de montañas. Peinados y moños y trenzas. Camerino alocado, de prisas y fuegos. De risas y juegos.

Hoy bailas y el mundo te sigue. Sonrisa indeleble, grititos felices. Y mañana, apagadas las luces, de acero el lunes, seguirás caminando, girando, saltando. En tu largo camino, con sonrisa indeleble; seguirás bailando.

Igual que ayer

15 domingo May 2016

Posted by Gorka V. in Todos

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Tinta seca.
Papel en blanco.
Reloj de arena desarenado.

El sabor del vino (I)

11 viernes Dic 2015

Posted by Gorka V. in El sabor del vino, Relatos, Todos

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Amor, Historias, Problemas, Relatos, Soledad, vino

Cuando yo le conocí sólo le quedaban canas e historias que contar. Historias amargas de color sepia, envejecidas por los años, y ya algo borrosas con manchas de cerveza. Historias de derrota tras derrota, de colinas, de montañas, de caminos perdidos y promesas abandonadas. De vez en cuando, alguna victoria. Lejana, pequeña, recóndita. Punto de apoyo para seguir avanzando, despacio, hasta una nueva derrota.

¿Su nombre? Lo había perdido, olvidado en la cuneta de algún camino polvoriento, hacía ya demasiados años. Ya no lo necesitaba. Ni sus canas, ni sus historias, siempre en primera persona, necesitaban nombres. Corsés que ciñen, que etiquetan; que cierran en un círculo algo intangible. No tenía nombre y tampoco lo quería.

De poca estatura y hombros anchos, su cuerpo aún recordaba largas jornadas de marcha por la sierra. Y sus ojos, ojos claros, mirada clara, aún veían sombras de juventud. Sombra lejana y pequeña y recóndita. Sombra de aquellos éxitos, pocos éxitos que yacían diluidos en su memoria. Sus manos; duras, de cuero; mostraban cicatrices del paso del tiempo, de cuchillos viejos, oxidados, sin filo. Metáforas para los golpes que le dio la vida.

 

Me costó cinco meses. Cinco meses para engrasar los engranajes de la memoria, para ir soltando su lengua poco a poco, como el pescador que va soltando sedal sin asustar al pez. Poco a poco, las fotografías que iba dibujando se hacían más nítidas a medida que hablaba, pero sólo hablaba de noche, como teniendo miedo a que el sol fuese a velar los frágiles recuerdos. Sólo de noche, acompañado de una cerveza. Vino, si era una historia de mujeres.

Sus mejores historias, cuentos sin moraleja, sin buenos ni malos, sin princesas y sin dragones, siempre empezaban igual. «Chico, sólo hubo una mujer en mi vida». Siempre la misma frase, siempre distinta historia. Y siempre con un buen vino.

 

Aquella noche me presenté como siempre. Puntual a las ocho y treintaicinco, con el bloc de notas preparado y los lápices en el bolsillo izquierdo de mi pantalón vaquero. Se había convertido ya en un ritual. Jueves por la noche, acompañados de paté, queso y algo de jamón. La bebida, eso sí, siempre la elegía él.

Lo encontré en el salón, junto a la chimenea, que solía encender en los últimos días, algo achacado por el frío en sus rodillas. «Malditas, viejas rodillas» se quejaba como un carcamal. Ahí estaba, mirando absorto al fuego, escuchando el crepitar de las ramas que contaban su propia historia. Y con media botella de vino reposando en la mesa.

Era uno de su lista, esa que guardaba celosamente, de sus vinos preferidos. Los describía como vinos maduros, redondos. Vinos cansados, con regusto amargo y seco, pero de sabor profundo. Vinos rojos, granates, casi sangre. Sin ese aroma almizclero, pegajoso, sólo toques de roble, algún fruto rojo. Vinos con historias de uvas, de barricas y botellas. Que han sido pisados, prensados, fermentados y olvidados en un sótano oscuro por años. Vinos aún vivos en la lengua.

Recuerdo que me emocioné. «Noche de chicas» pensé con una ligera excitación. Y, a juzgar por el ritmo que llevaba, que ya había terminado con media botella, una historia de las buenas.

Me senté frente a él, sin decir nada. Siempre era mejor dejar que fuese él quien comenzase a hablar. Con paciencia, esperando interesado sin saber que saldría. Como un niño bueno el día de navidad, esperando a abrir su regalo. Mirando como el tronco se va quemando poco a poco, con repentinos estallidos que hacen temblar la trama.

Pasaron cinco minutos, diez o veinte. Es difícil calcular el paso del tiempo en esas circunstancias. Pasaron dos copas de vino, de eso si estoy seguro. Como un reloj de arena, la botella se iba vaciando poco a poco, tomándose su tiempo. Es un pecado imperdonable no saber apreciar un buen vino.

«Chico…» Dijo, aclarándose una voz ronca, oxidada. «Sólo hubo una mujer en mi vida»

En lo verde de la selva.

07 lunes Dic 2015

Posted by Gorka V. in Poesía, Todos

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Amazonas, Manú, Poema, Poesía, Selva

El Manú tiene ojos verdes, verdes. Verde tan profundo que hasta verdes sus pupilas.
Oídos verdes que escuchan cantos verdes, de aves verdes.
También pies verdes que caminan por caminos vivos, caminos verdes.
Y manos verdes que atrapan el verde del río.
Verde que late, que brilla. Savia verde, sangre verde.
Verde mate de coca, de hoja de palma.
Y, por encima de todo, tiene gente verde de mirada verde. Gente verde de corazón verde.

Reflexión

27 viernes Nov 2015

Posted by Gorka V. in Todos

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Amo intensamente porque quien no ama no sufre y quien no sufre, no vive.

Por eso, amar visceralmente, que es morir en cada instante, es la única forma que tiene un hombre cuerdo de vivir realmente.

A la dama del lago

11 miércoles Nov 2015

Posted by Gorka V. in Todos

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No te olvido. Han pasado dos días, dos meses, dos años. Dos latidos de este corazón desajustado.

Fuiste sueño de un oasis de verano, fuiste el lago donde el sol se baña cada mañana.

Fuiste sonrisa más amplia que toda la cordillera andina.

Conversación profunda, mente aguda, corazón abierto. Ojos que albergan un mundo completo.

Fuiste la brisa fresca que anuncia el ocaso del descontento.

Fuiste, y aún eres, quemadura en carne viva, herida que no cicatriza, anhelo que aún suspira.

Han pasado dos días, dos meses, dos años. Dos latidos de este corazón desajustado.

Fuiste el segundo más intenso que he vivido. Y no; no te olvido.

Lima

19 lunes Oct 2015

Posted by Gorka V. in Todos

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He visto una ciudad techada al borde del abismo, al que mira orgullosa, desafiante.
Boca seca, agrietada, sedienta.

He visto olas bailando los riscos, sensuales en su cortejo al viento.
Tambores de guerra indígena sobre un cielo peludo y suave, de panza de burro. Miradas de barro pintadas en lienzo indignado. Auténtica causa limeña.
Labios que hablan el más común de los idiomas.

He visto carros ladrando feroces en cada esquina.
Edificios de caras rotas, ajadas, con arrugas centenarias bajo sus ventanas.
Una plaza de armas armada.

He visto montañas más altas que el cielo que, cobarde, derrotado, se arrastra entre la gente.
Vivir con lentes grises y paladar contento.
Y comerse sabores conquistados al mundo.

Ejercicio 3: TIERRA NEGRA

23 miércoles Sep 2015

Posted by Gorka V. in Ejercicios, Relatos, Todos

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Cuentos, Despedida, Ejercicios, Microcuentos, Relatos, Soledad

Ella no miraba sus zapatitos nuevos, negros, de charol reluciente. Sólo la mancha de barro marrón en la puntera del pie izquierdo, único recuerdo de aquella mañana jugando con las hormigas en el patio trasero. Sus pies se balanceaban levemente en la silla. Adelante, atrás, adelante, atrás. Los dos juntos, como en el columpio. Todo al ritmo de la voz monótona del cura.

Él no escuchaba nada. Ni el viento sacudiendo los cipreses, ni la voz que hablaba de cañadas oscuras y varas y cayados. En aquel cementerio, anejo a la vieja iglesia, sólo veía la tierra oscura tragando lentamente el oscuro féretro. De negro lacado, brillante al sol lánguido de la tarde.

Se intentó alisar una arruga de su falda. Papá nunca se fijaba en esas cosas. A veces salía a trabajar con una camisa sin planchar si no se le decía nada. Nunca se fijaba en esas cosas. Pero no quería decirle nada. Llevaba todo el día sin decir nada. Notaba, dentro de ella, que no era el momento adecuado, como si fuese a romper algo preciado. Así que esperaba.

No aguantaba mantener la mirada sobre la mole de madera. A pesar de ello, lo siguió haciendo un rato. Guardando, como un tesoro, esa opresión en el pecho. Al final, después de unos minutos, u horas, o días, giró la cabeza, levemente. Y vio la mano de su hija, muy blanca sobre la falda negra. A cien kilómetros de distancia.

Vio a Papá apartar la mirada, justo cuando ella miró a sus ojos. Traje negro, corbata negra, camisa arrugada. Intentó adoptar la misma postura. Mano sobre mano, espalda recta, mirada al frente. El cura seguía hablando, hablando, hablando.

Era el mismo que le había casado, hace mil años. Mismo cura, misma iglesia, distinto camposanto. La sombra de los cipreses había cambiado. Más alargada, más profunda, más negra. Polvo al polvo. Le sudaban las manos, le pesaba la chaqueta, le agobiaba la corbata. Ceniza a las cenizas.

Cada vez había menos luz, y las sombras se alargaban. Despacio, desde los altos árboles hacia donde estaban sentados. Los zapatitos nuevos, negros, de charol reluciente, cada vez relucían menos. Sus pies, adelante, atrás, cada vez más lentos. Su padre, Papá, cada vez más lejos.

Se levantó, despacio. Tenía que levantarse él, con su chaqueta, con su corbata, con el peso del mundo. Apenas respiraba. Todas sus energías se centraban en coger un puñado de tierra, húmeda, oscura, pesada y muerta y lanzarla sobre el ataúd. Húmedo, oscuro, pesado y muerto.

Después de Papá fue ella, tal como le habían dicho. Cogió un puñado de tierra. Como la que había en el patio trasero. La sentía húmeda y fría y se le caía entre los dedos. Pequeñas hormigas le hacían cosquillas en las manos. Se acercó al abismo, sin atreverse a mirar dentro, y soltó la tierra.

Subió a la tarima, ajustándose las mangas de la camisa. Luego se llevó la mano al nudo de la corbata. Palabras vacías que no hacían justicia ni al recuerdo más vacío. Miraba al frente, a un metro sobre las cabezas. Impasible, monótono. Vacío. Sin poder enfrentar las miradas de la gente.

Papá hablaba. Despacio. Ella se fijó en sus manos. Manos grandes, con vello. Un único anillo en la mano izquierda. Aún le quedaban restos de tierra en las puntas de los dedos cuando se estiró la manga de su camisa, debajo del traje, dejando una huella marrón en el puño izquierdo.

Bajó del atril, para volver a sentarse. Intentó evitarlo, pero terminó cruzando su mirada con la pequeña. Sus mismos ojos, su misma mirada. Mientras tanto, algunas personas más habían subido, seguían hablando, hablando, hablando. Palabras vacías.

Vio cómo se sentaba, a escasos centímetros, a varios metros. A cien kilómetros de distancia. Volvió a poner sus manos juntas, sobre su falda plisada. Le habían preguntado si quería decir algo, pero no se atrevía.

Había tenido que elegir la caja, las flores, el cura. Elegir el traje negro y la corbata negra. Elegir las palabras que tendría que decir. Pero no había elegido elegir. Sólo quería irse a casa, alargar la mano y decir “vámonos”. Elegir no elegir.

Veía como la gente se les acercaba. Le daban un abrazo, o un beso en la frente. Gente que no conocía de nada le deba ánimos. Ella quería hacer como Papá, darles la mano como los adultos, pero aún tenía sus manos con tierra.

Se despidió de parientes, familiares, conocidos y amigos. Gente extraña con la que no quería, o no podía, estar ahora. Abrazos, besos, apretones de manos. Vacíos. Despedidas alargadas como sombras de cipreses por la tarde.

-Vámonos- Dijo alargando su mano, aún con tierra.
Y una pequeña hormiga cambió de brazo.

Tal día como ayer

16 miércoles Sep 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Microcuentos, Relatos

Olía a calle mojada, a tráfico infartado, a hoja marrón de platanero. El cielo, gris, pesado, asfaltado de nubes. Y mientras, los edificios, con sus caras mojadas, abrían ventanas al otoño.

Martes, quince de septiembre, azul de calendario. Suspiro, bocanada amplia de aire fresco, de aire limpio, aire puro. Homenaje al Norte en Madrid Capital.

Día de copa de vino, comida pesada, patxarán al postre. Y pasear; pasear toda la tarde al compás de las farolas.

Ejercicio 2

14 lunes Sep 2015

Posted by Gorka V. in Ejercicios, Relatos, Todos

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Cuentos, Ejercicios, Microcuentos

“¡Traga! ¡Traga! ¡Traga!”

Las voces se fueron fundiendo en un sonido homogéneo, neutro, cada vez más lento y apagado. Como radio de pilas gastadas. Un sonido de una tonalidad gris, opaca, que parecía afectar a toda su realidad.

Las figuras que le rodeaban se iban haciendo cada vez más difusas, más etéreas, más… grises. Sus bocas ya no estaban sincronizadas con los gritos y parecían moverse por voluntad propia. Sus sonrisas, muecas rasgadas de burla, aplaudían a la masa.

El mundo se vio reducido a la botella que tenía en la mano. Fría y húmeda, su solidez era lo único que parecía mantenerse firme en aquel mundo. Sus manos apenas abarcaban la circunferencia de aquella cerveza dejando claro que, o aquella era muy grande o este muy pequeño.

Pero las voces seguían gritando. Aunque ya no podía oír lo que decían, el mensaje estaba claro. Poco a poco, casi resistiéndose a un avance inevitable, la botella se fue acercando a su boca. El olor, aquel olor amargo, agrio, claramente desagradable, fue el primero en llegar.

Años después recordaría, con cierta nostalgia, cómo llego a pensar: “los adultos son idiotas”.

Pero la botella seguía avanzando, al ritmo de voces sin palabras, en aquel día gris de patio de colegio.

El primer trago, que fue el último trago, fue amargo, agrio, claramente desagradable. Una bebida, gris, opaca. Como toda su realidad.

Pero había pasado la prueba. Ya era uno de ellos. Un adulto, todo un hombre. Macho en la tribu del patio del colegio.

Al menos hasta las arcadas.

Todo lo gris que había tragado, aquel líquido absorbente del color, fue subiendo de nuevo por su garganta. El sabor, ahora de bilis, endulzó su paladar. Expulsó la cerveza, la bilis y a sus compañeros. Vómito amargo, agrio, claramente desagradable. Pero dejaba detrás una sensación dulce en el paladar.

El color fue volviendo a sus ojos. El sonido fue adquiriendo sentido. Las figuras, antes borrosas se fueron haciendo nítidas, sus burlas, cada vez más claras. También sus voces, voces crueles de palabras hirientes, fueron llegando a sus oídos.

Cuando su estómago, por fín, le dio tregua se incorporó. Firme, espalda recta y hombros atrás, como le decía su padre.

Las voces, las formas, el olor a cerveza rancia y a bilis. Todo tenía un nuevo color, menos gris, más real. Habría perdido a su tribu de patio de colegio pero, tal vez, la prueba fuera esa.

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