• Lo que aquí se esconde
  • Sobre el autor

Versos con lengua

~ Versos con lengua: poesía que llueve, poesía que crece. Poesía que ama, poesía que duele

Versos con lengua

Archivos de etiqueta: Soledad

El sabor del vino (I)

11 viernes Dic 2015

Posted by Gorka V. in El sabor del vino, Relatos, Todos

≈ Deja un comentario

Etiquetas

Amor, Historias, Problemas, Relatos, Soledad, vino

Cuando yo le conocí sólo le quedaban canas e historias que contar. Historias amargas de color sepia, envejecidas por los años, y ya algo borrosas con manchas de cerveza. Historias de derrota tras derrota, de colinas, de montañas, de caminos perdidos y promesas abandonadas. De vez en cuando, alguna victoria. Lejana, pequeña, recóndita. Punto de apoyo para seguir avanzando, despacio, hasta una nueva derrota.

¿Su nombre? Lo había perdido, olvidado en la cuneta de algún camino polvoriento, hacía ya demasiados años. Ya no lo necesitaba. Ni sus canas, ni sus historias, siempre en primera persona, necesitaban nombres. Corsés que ciñen, que etiquetan; que cierran en un círculo algo intangible. No tenía nombre y tampoco lo quería.

De poca estatura y hombros anchos, su cuerpo aún recordaba largas jornadas de marcha por la sierra. Y sus ojos, ojos claros, mirada clara, aún veían sombras de juventud. Sombra lejana y pequeña y recóndita. Sombra de aquellos éxitos, pocos éxitos que yacían diluidos en su memoria. Sus manos; duras, de cuero; mostraban cicatrices del paso del tiempo, de cuchillos viejos, oxidados, sin filo. Metáforas para los golpes que le dio la vida.

 

Me costó cinco meses. Cinco meses para engrasar los engranajes de la memoria, para ir soltando su lengua poco a poco, como el pescador que va soltando sedal sin asustar al pez. Poco a poco, las fotografías que iba dibujando se hacían más nítidas a medida que hablaba, pero sólo hablaba de noche, como teniendo miedo a que el sol fuese a velar los frágiles recuerdos. Sólo de noche, acompañado de una cerveza. Vino, si era una historia de mujeres.

Sus mejores historias, cuentos sin moraleja, sin buenos ni malos, sin princesas y sin dragones, siempre empezaban igual. «Chico, sólo hubo una mujer en mi vida». Siempre la misma frase, siempre distinta historia. Y siempre con un buen vino.

 

Aquella noche me presenté como siempre. Puntual a las ocho y treintaicinco, con el bloc de notas preparado y los lápices en el bolsillo izquierdo de mi pantalón vaquero. Se había convertido ya en un ritual. Jueves por la noche, acompañados de paté, queso y algo de jamón. La bebida, eso sí, siempre la elegía él.

Lo encontré en el salón, junto a la chimenea, que solía encender en los últimos días, algo achacado por el frío en sus rodillas. «Malditas, viejas rodillas» se quejaba como un carcamal. Ahí estaba, mirando absorto al fuego, escuchando el crepitar de las ramas que contaban su propia historia. Y con media botella de vino reposando en la mesa.

Era uno de su lista, esa que guardaba celosamente, de sus vinos preferidos. Los describía como vinos maduros, redondos. Vinos cansados, con regusto amargo y seco, pero de sabor profundo. Vinos rojos, granates, casi sangre. Sin ese aroma almizclero, pegajoso, sólo toques de roble, algún fruto rojo. Vinos con historias de uvas, de barricas y botellas. Que han sido pisados, prensados, fermentados y olvidados en un sótano oscuro por años. Vinos aún vivos en la lengua.

Recuerdo que me emocioné. «Noche de chicas» pensé con una ligera excitación. Y, a juzgar por el ritmo que llevaba, que ya había terminado con media botella, una historia de las buenas.

Me senté frente a él, sin decir nada. Siempre era mejor dejar que fuese él quien comenzase a hablar. Con paciencia, esperando interesado sin saber que saldría. Como un niño bueno el día de navidad, esperando a abrir su regalo. Mirando como el tronco se va quemando poco a poco, con repentinos estallidos que hacen temblar la trama.

Pasaron cinco minutos, diez o veinte. Es difícil calcular el paso del tiempo en esas circunstancias. Pasaron dos copas de vino, de eso si estoy seguro. Como un reloj de arena, la botella se iba vaciando poco a poco, tomándose su tiempo. Es un pecado imperdonable no saber apreciar un buen vino.

«Chico…» Dijo, aclarándose una voz ronca, oxidada. «Sólo hubo una mujer en mi vida»

Ejercicio 3: TIERRA NEGRA

23 miércoles Sep 2015

Posted by Gorka V. in Ejercicios, Relatos, Todos

≈ Deja un comentario

Etiquetas

Cuentos, Despedida, Ejercicios, Microcuentos, Relatos, Soledad

Ella no miraba sus zapatitos nuevos, negros, de charol reluciente. Sólo la mancha de barro marrón en la puntera del pie izquierdo, único recuerdo de aquella mañana jugando con las hormigas en el patio trasero. Sus pies se balanceaban levemente en la silla. Adelante, atrás, adelante, atrás. Los dos juntos, como en el columpio. Todo al ritmo de la voz monótona del cura.

Él no escuchaba nada. Ni el viento sacudiendo los cipreses, ni la voz que hablaba de cañadas oscuras y varas y cayados. En aquel cementerio, anejo a la vieja iglesia, sólo veía la tierra oscura tragando lentamente el oscuro féretro. De negro lacado, brillante al sol lánguido de la tarde.

Se intentó alisar una arruga de su falda. Papá nunca se fijaba en esas cosas. A veces salía a trabajar con una camisa sin planchar si no se le decía nada. Nunca se fijaba en esas cosas. Pero no quería decirle nada. Llevaba todo el día sin decir nada. Notaba, dentro de ella, que no era el momento adecuado, como si fuese a romper algo preciado. Así que esperaba.

No aguantaba mantener la mirada sobre la mole de madera. A pesar de ello, lo siguió haciendo un rato. Guardando, como un tesoro, esa opresión en el pecho. Al final, después de unos minutos, u horas, o días, giró la cabeza, levemente. Y vio la mano de su hija, muy blanca sobre la falda negra. A cien kilómetros de distancia.

Vio a Papá apartar la mirada, justo cuando ella miró a sus ojos. Traje negro, corbata negra, camisa arrugada. Intentó adoptar la misma postura. Mano sobre mano, espalda recta, mirada al frente. El cura seguía hablando, hablando, hablando.

Era el mismo que le había casado, hace mil años. Mismo cura, misma iglesia, distinto camposanto. La sombra de los cipreses había cambiado. Más alargada, más profunda, más negra. Polvo al polvo. Le sudaban las manos, le pesaba la chaqueta, le agobiaba la corbata. Ceniza a las cenizas.

Cada vez había menos luz, y las sombras se alargaban. Despacio, desde los altos árboles hacia donde estaban sentados. Los zapatitos nuevos, negros, de charol reluciente, cada vez relucían menos. Sus pies, adelante, atrás, cada vez más lentos. Su padre, Papá, cada vez más lejos.

Se levantó, despacio. Tenía que levantarse él, con su chaqueta, con su corbata, con el peso del mundo. Apenas respiraba. Todas sus energías se centraban en coger un puñado de tierra, húmeda, oscura, pesada y muerta y lanzarla sobre el ataúd. Húmedo, oscuro, pesado y muerto.

Después de Papá fue ella, tal como le habían dicho. Cogió un puñado de tierra. Como la que había en el patio trasero. La sentía húmeda y fría y se le caía entre los dedos. Pequeñas hormigas le hacían cosquillas en las manos. Se acercó al abismo, sin atreverse a mirar dentro, y soltó la tierra.

Subió a la tarima, ajustándose las mangas de la camisa. Luego se llevó la mano al nudo de la corbata. Palabras vacías que no hacían justicia ni al recuerdo más vacío. Miraba al frente, a un metro sobre las cabezas. Impasible, monótono. Vacío. Sin poder enfrentar las miradas de la gente.

Papá hablaba. Despacio. Ella se fijó en sus manos. Manos grandes, con vello. Un único anillo en la mano izquierda. Aún le quedaban restos de tierra en las puntas de los dedos cuando se estiró la manga de su camisa, debajo del traje, dejando una huella marrón en el puño izquierdo.

Bajó del atril, para volver a sentarse. Intentó evitarlo, pero terminó cruzando su mirada con la pequeña. Sus mismos ojos, su misma mirada. Mientras tanto, algunas personas más habían subido, seguían hablando, hablando, hablando. Palabras vacías.

Vio cómo se sentaba, a escasos centímetros, a varios metros. A cien kilómetros de distancia. Volvió a poner sus manos juntas, sobre su falda plisada. Le habían preguntado si quería decir algo, pero no se atrevía.

Había tenido que elegir la caja, las flores, el cura. Elegir el traje negro y la corbata negra. Elegir las palabras que tendría que decir. Pero no había elegido elegir. Sólo quería irse a casa, alargar la mano y decir “vámonos”. Elegir no elegir.

Veía como la gente se les acercaba. Le daban un abrazo, o un beso en la frente. Gente que no conocía de nada le deba ánimos. Ella quería hacer como Papá, darles la mano como los adultos, pero aún tenía sus manos con tierra.

Se despidió de parientes, familiares, conocidos y amigos. Gente extraña con la que no quería, o no podía, estar ahora. Abrazos, besos, apretones de manos. Vacíos. Despedidas alargadas como sombras de cipreses por la tarde.

-Vámonos- Dijo alargando su mano, aún con tierra.
Y una pequeña hormiga cambió de brazo.

Pequeños problemas

15 viernes May 2015

Posted by Gorka V. in Relatos

≈ Deja un comentario

Etiquetas

Cuentos, Problemas, Soledad

Sus problemas eran una pelotita arrugada del tamaño de un puño. Vale que no eran los más grandes, ni los más pesados. Probablemente estaban por debajo de la media. Algunos incluso dirían que no eran problemas en absoluto.

Pero claro, para él, eran los problemas más importantes del mundo. Al fin y al cabo, aquellos eran SUS problemas.

Otros venían con sus losas de mármol, sus grilletes de acero o sus sacos de lastre. Y claro, él tenía que poner buena cara, dar ánimos y palmaditas en la espalda. Qué iba a hacer si él sólo tenía una pelotita del tamaño de un puño.

Hubiese sido ridículo quejarse por ello. Así que lo iba dejando pasar, poco a poco. Siempre había alguien con problemas más grandes, más pesados.

No, esta historia no va de como la pelotita se iba habiendo cada vez más grande, más pesada. No te hagas el listillo. La pelotita seguía igual, sin ser la más grande, ni la más pesada. De hecho, le prestaba tan poca atención que llegó a olvidar de qué estaba hecha.

Todos conocían al detalle sus losas de mármol, sus grilletes de acero y sus sacos de lastre. No hablaban de otra cosa. Y él poniendo buena cara, dando ánimos y palmaditas en la espalda.

Y su pelotita, que no interesaba a nadie, ahí seguía. Casi olvidada.
Un día, casi se podía decir que por aburrimiento, se atrevió a abrirla. A ver de qué estaba hecha.

Un papel en blanco. Nada más. Su único problema era no poder compartirlo.

Suscribir

  • Artículos (RSS)
  • Comentarios (RSS)

Archivos

  • junio 2016
  • mayo 2016
  • diciembre 2015
  • noviembre 2015
  • octubre 2015
  • septiembre 2015
  • agosto 2015
  • julio 2015
  • mayo 2015
  • abril 2015
  • marzo 2015

Categorías

  • Ejercicios
  • El sabor del vino
  • Poesía
  • Relatos
  • Todos

Meta

  • Crear cuenta
  • Iniciar sesión

Crea un blog o una web gratis con WordPress.com.

Privacidad y cookies: este sitio utiliza cookies. Al continuar utilizando esta web, aceptas su uso.
Para obtener más información, incluido cómo controlar las cookies, consulta aquí: Política de cookies
  • Suscribirse Suscrito
    • Versos con lengua
    • ¿Ya tienes una cuenta de WordPress.com? Inicia sesión.
    • Versos con lengua
    • Suscribirse Suscrito
    • Regístrate
    • Iniciar sesión
    • Denunciar este contenido
    • Ver el sitio en el Lector
    • Gestionar las suscripciones
    • Contraer esta barra