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Versos con lengua

~ Versos con lengua: poesía que llueve, poesía que crece. Poesía que ama, poesía que duele

Versos con lengua

Archivos de etiqueta: Relatos

El sabor del vino (I)

11 viernes Dic 2015

Posted by Gorka V. in El sabor del vino, Relatos, Todos

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Amor, Historias, Problemas, Relatos, Soledad, vino

Cuando yo le conocí sólo le quedaban canas e historias que contar. Historias amargas de color sepia, envejecidas por los años, y ya algo borrosas con manchas de cerveza. Historias de derrota tras derrota, de colinas, de montañas, de caminos perdidos y promesas abandonadas. De vez en cuando, alguna victoria. Lejana, pequeña, recóndita. Punto de apoyo para seguir avanzando, despacio, hasta una nueva derrota.

¿Su nombre? Lo había perdido, olvidado en la cuneta de algún camino polvoriento, hacía ya demasiados años. Ya no lo necesitaba. Ni sus canas, ni sus historias, siempre en primera persona, necesitaban nombres. Corsés que ciñen, que etiquetan; que cierran en un círculo algo intangible. No tenía nombre y tampoco lo quería.

De poca estatura y hombros anchos, su cuerpo aún recordaba largas jornadas de marcha por la sierra. Y sus ojos, ojos claros, mirada clara, aún veían sombras de juventud. Sombra lejana y pequeña y recóndita. Sombra de aquellos éxitos, pocos éxitos que yacían diluidos en su memoria. Sus manos; duras, de cuero; mostraban cicatrices del paso del tiempo, de cuchillos viejos, oxidados, sin filo. Metáforas para los golpes que le dio la vida.

 

Me costó cinco meses. Cinco meses para engrasar los engranajes de la memoria, para ir soltando su lengua poco a poco, como el pescador que va soltando sedal sin asustar al pez. Poco a poco, las fotografías que iba dibujando se hacían más nítidas a medida que hablaba, pero sólo hablaba de noche, como teniendo miedo a que el sol fuese a velar los frágiles recuerdos. Sólo de noche, acompañado de una cerveza. Vino, si era una historia de mujeres.

Sus mejores historias, cuentos sin moraleja, sin buenos ni malos, sin princesas y sin dragones, siempre empezaban igual. «Chico, sólo hubo una mujer en mi vida». Siempre la misma frase, siempre distinta historia. Y siempre con un buen vino.

 

Aquella noche me presenté como siempre. Puntual a las ocho y treintaicinco, con el bloc de notas preparado y los lápices en el bolsillo izquierdo de mi pantalón vaquero. Se había convertido ya en un ritual. Jueves por la noche, acompañados de paté, queso y algo de jamón. La bebida, eso sí, siempre la elegía él.

Lo encontré en el salón, junto a la chimenea, que solía encender en los últimos días, algo achacado por el frío en sus rodillas. «Malditas, viejas rodillas» se quejaba como un carcamal. Ahí estaba, mirando absorto al fuego, escuchando el crepitar de las ramas que contaban su propia historia. Y con media botella de vino reposando en la mesa.

Era uno de su lista, esa que guardaba celosamente, de sus vinos preferidos. Los describía como vinos maduros, redondos. Vinos cansados, con regusto amargo y seco, pero de sabor profundo. Vinos rojos, granates, casi sangre. Sin ese aroma almizclero, pegajoso, sólo toques de roble, algún fruto rojo. Vinos con historias de uvas, de barricas y botellas. Que han sido pisados, prensados, fermentados y olvidados en un sótano oscuro por años. Vinos aún vivos en la lengua.

Recuerdo que me emocioné. «Noche de chicas» pensé con una ligera excitación. Y, a juzgar por el ritmo que llevaba, que ya había terminado con media botella, una historia de las buenas.

Me senté frente a él, sin decir nada. Siempre era mejor dejar que fuese él quien comenzase a hablar. Con paciencia, esperando interesado sin saber que saldría. Como un niño bueno el día de navidad, esperando a abrir su regalo. Mirando como el tronco se va quemando poco a poco, con repentinos estallidos que hacen temblar la trama.

Pasaron cinco minutos, diez o veinte. Es difícil calcular el paso del tiempo en esas circunstancias. Pasaron dos copas de vino, de eso si estoy seguro. Como un reloj de arena, la botella se iba vaciando poco a poco, tomándose su tiempo. Es un pecado imperdonable no saber apreciar un buen vino.

«Chico…» Dijo, aclarándose una voz ronca, oxidada. «Sólo hubo una mujer en mi vida»

Ejercicio 3: TIERRA NEGRA

23 miércoles Sep 2015

Posted by Gorka V. in Ejercicios, Relatos, Todos

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Cuentos, Despedida, Ejercicios, Microcuentos, Relatos, Soledad

Ella no miraba sus zapatitos nuevos, negros, de charol reluciente. Sólo la mancha de barro marrón en la puntera del pie izquierdo, único recuerdo de aquella mañana jugando con las hormigas en el patio trasero. Sus pies se balanceaban levemente en la silla. Adelante, atrás, adelante, atrás. Los dos juntos, como en el columpio. Todo al ritmo de la voz monótona del cura.

Él no escuchaba nada. Ni el viento sacudiendo los cipreses, ni la voz que hablaba de cañadas oscuras y varas y cayados. En aquel cementerio, anejo a la vieja iglesia, sólo veía la tierra oscura tragando lentamente el oscuro féretro. De negro lacado, brillante al sol lánguido de la tarde.

Se intentó alisar una arruga de su falda. Papá nunca se fijaba en esas cosas. A veces salía a trabajar con una camisa sin planchar si no se le decía nada. Nunca se fijaba en esas cosas. Pero no quería decirle nada. Llevaba todo el día sin decir nada. Notaba, dentro de ella, que no era el momento adecuado, como si fuese a romper algo preciado. Así que esperaba.

No aguantaba mantener la mirada sobre la mole de madera. A pesar de ello, lo siguió haciendo un rato. Guardando, como un tesoro, esa opresión en el pecho. Al final, después de unos minutos, u horas, o días, giró la cabeza, levemente. Y vio la mano de su hija, muy blanca sobre la falda negra. A cien kilómetros de distancia.

Vio a Papá apartar la mirada, justo cuando ella miró a sus ojos. Traje negro, corbata negra, camisa arrugada. Intentó adoptar la misma postura. Mano sobre mano, espalda recta, mirada al frente. El cura seguía hablando, hablando, hablando.

Era el mismo que le había casado, hace mil años. Mismo cura, misma iglesia, distinto camposanto. La sombra de los cipreses había cambiado. Más alargada, más profunda, más negra. Polvo al polvo. Le sudaban las manos, le pesaba la chaqueta, le agobiaba la corbata. Ceniza a las cenizas.

Cada vez había menos luz, y las sombras se alargaban. Despacio, desde los altos árboles hacia donde estaban sentados. Los zapatitos nuevos, negros, de charol reluciente, cada vez relucían menos. Sus pies, adelante, atrás, cada vez más lentos. Su padre, Papá, cada vez más lejos.

Se levantó, despacio. Tenía que levantarse él, con su chaqueta, con su corbata, con el peso del mundo. Apenas respiraba. Todas sus energías se centraban en coger un puñado de tierra, húmeda, oscura, pesada y muerta y lanzarla sobre el ataúd. Húmedo, oscuro, pesado y muerto.

Después de Papá fue ella, tal como le habían dicho. Cogió un puñado de tierra. Como la que había en el patio trasero. La sentía húmeda y fría y se le caía entre los dedos. Pequeñas hormigas le hacían cosquillas en las manos. Se acercó al abismo, sin atreverse a mirar dentro, y soltó la tierra.

Subió a la tarima, ajustándose las mangas de la camisa. Luego se llevó la mano al nudo de la corbata. Palabras vacías que no hacían justicia ni al recuerdo más vacío. Miraba al frente, a un metro sobre las cabezas. Impasible, monótono. Vacío. Sin poder enfrentar las miradas de la gente.

Papá hablaba. Despacio. Ella se fijó en sus manos. Manos grandes, con vello. Un único anillo en la mano izquierda. Aún le quedaban restos de tierra en las puntas de los dedos cuando se estiró la manga de su camisa, debajo del traje, dejando una huella marrón en el puño izquierdo.

Bajó del atril, para volver a sentarse. Intentó evitarlo, pero terminó cruzando su mirada con la pequeña. Sus mismos ojos, su misma mirada. Mientras tanto, algunas personas más habían subido, seguían hablando, hablando, hablando. Palabras vacías.

Vio cómo se sentaba, a escasos centímetros, a varios metros. A cien kilómetros de distancia. Volvió a poner sus manos juntas, sobre su falda plisada. Le habían preguntado si quería decir algo, pero no se atrevía.

Había tenido que elegir la caja, las flores, el cura. Elegir el traje negro y la corbata negra. Elegir las palabras que tendría que decir. Pero no había elegido elegir. Sólo quería irse a casa, alargar la mano y decir “vámonos”. Elegir no elegir.

Veía como la gente se les acercaba. Le daban un abrazo, o un beso en la frente. Gente que no conocía de nada le deba ánimos. Ella quería hacer como Papá, darles la mano como los adultos, pero aún tenía sus manos con tierra.

Se despidió de parientes, familiares, conocidos y amigos. Gente extraña con la que no quería, o no podía, estar ahora. Abrazos, besos, apretones de manos. Vacíos. Despedidas alargadas como sombras de cipreses por la tarde.

-Vámonos- Dijo alargando su mano, aún con tierra.
Y una pequeña hormiga cambió de brazo.

Tal día como ayer

16 miércoles Sep 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Microcuentos, Relatos

Olía a calle mojada, a tráfico infartado, a hoja marrón de platanero. El cielo, gris, pesado, asfaltado de nubes. Y mientras, los edificios, con sus caras mojadas, abrían ventanas al otoño.

Martes, quince de septiembre, azul de calendario. Suspiro, bocanada amplia de aire fresco, de aire limpio, aire puro. Homenaje al Norte en Madrid Capital.

Día de copa de vino, comida pesada, patxarán al postre. Y pasear; pasear toda la tarde al compás de las farolas.

Ejercicio 1

09 miércoles Sep 2015

Posted by Gorka V. in Ejercicios, Relatos, Todos

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Cuentos, Ejercicios, Microcuentos, Relatos

Sus pequeñas manitas parecían unidas al escaparate de tal modo que, para poder llevarse al niño de ahí, habría que sacar el cristal del marco.

Como cada día, pegaba su carita rosada contra el frío cristal de la pastelería en su vuelta del colegio. Tenía que tomar un buen rodeo, pero sin duda merecía la pena.

Su aliento, en aquella fría tarde de otoño, formaba un ligero vaho que tardaba en desaparecer, para, en ese breve momento hasta la siguiente bocanada, dejar a la vista los dulces pasteles.

Siempre le ocurría lo mismo. Sentía el olor como una bofetada, algo que hacía que sus pies se moviesen automáticamente hacia aquella esquina. Y luego claro, su estómago empezaba a gritarle que, por favor por favor, se llevase uno a la barriga.

Aquel era su día.

Aprovechó cuando el tendero, un hombre gordo como un tonel, se metió a la trastienda y cogió el primer bollo del mostrador.

¡Relleno de chocolate! ¡El premio gordo!

Se lo llevó a la boca sin perder un segundo. El chocolate, aún caliente, derretido, suave; chocolate con leche y avellanas, atacó su boca y se fundieron en un cálido abrazo.

Sin llegar a salir a la calle se paró a paladearlo, como a él le gustaba: bocaditos pequeños y el centro (lo mejor), para el final.

El golpe le pilló de improviso. Golpe seco y directo al cogote. Ese, el primero. La azotaina vino después. Sobre todo en el culo.

Pero no empezó a llorar hasta que el bollo, lo que quedaba del bollo, el centro (lo mejor), cayó al suelo.

Perdido

08 viernes May 2015

Posted by Gorka V. in Poesía, Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Poema, Poesía, Relatos

Cabeza baja. Mentón anclado al pecho. Carcasa vacía donde resuena una canción solitaria. Mascando versos silenciosos, oscuros y amargos como hojas de tabaco. De vez en cuando escupe alguno, rojo sangre, en callejón apartado.

Caminando. Por bosque infinito, mar de calma chicha. Vasto desierto de arena sin dunas, de edificios grises. Gabardina hueca, piernas cansadas. Sin mapa ni rumbo. En espiral infinita que, hipnótica, gira y gira.

Hambriento, sediento. Sin llevarse a la boca más que alarde gastronómico de nueva cocina, escaso bocado que no alimenta ni estómago ni espíritu. Alma de Tántalo, corazón perdido.

Detenerse, abrir la mochila y desplegar el mapa. Brújula y sextante. Verse perdido y lejos del oasis. No, mejor no. Seguir  a ciegas, seguir caminando. Entre selvas, manglares del destino, que nublan el camino con lianas y barro, que distraen con extraños sonidos.

Mejor la duda. Esperanza y fe. Que el tiempo diga si hay una meta, un premio, luz al final del túnel. Mejor la duda que certeza cruel. Perdido por inercia, por miedo. Y aun así, con todo, seguir caminando.

Confesión

10 viernes Abr 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Relatos

Hay ocasiones en las que comenzar por el principio lo complica todo, ¿sabe usted? El orden de las cosas, el habitual, el “adecuado” sólo hace que todo sea más confuso, que la historia se enrede y al final no se entienda nada. En esos momentos es mejor empezar por otro sitio, con un pequeño detalle y luego, a partir de este, ir construyendo el relato como uno mejor puede.

Y creo que esta es una de esas veces. Podría decir muchas cosas sobre mí, sobre cómo llegué a esta situación, pero así se perdería la esencia de lo que quiero contar. Podría empezar también por el final, por el charco de sangre y la pistola humeante, aunque tampoco sea ese el final-final. El final, el de verdad, tal vez seamos nosotros hablando, aquí y ahora. O tal vez sea el final que me espera. No sé.

Empezaré diciendo que la luz del baño dormía tranquila hasta que activé el interruptor. Despierta con el sonido característico de los fluorescentes. Tap-tap. Pausa. Tap-tap-tap. Se enciende con esfuerzo, iluminando la estancia con una luz pálida, cansada. También yo había pasado una mala noche, claro, y eso afectaba al halógeno del baño. No sería coherente con la historia que, después de aquella noche, la luz se encendiese radiante con un brillo alegre ¿no cree?

El espejo, con sus manchas en la piel, devolvía una imagen tan vieja y descolorida que apenas me reconocía. Quien sabe, tal vez ese no era yo. Como si alguien hubiese tomado mi rostro, copiándolo de una descripción pasada de boca a boca. Claro que había un parecido, pero los detalles estaban difuminados, como si se hubiesen olvidado. Era… ¿cómo decirlo? Como si esa mañana me hubiesen dibujado deprisa y corriendo, como si el autor no se hubiese esmerado en el retrato.

Intenté lavarme la cara para salir de aquel embotamiento que había capturado la realidad. Pero claro, el agua salía marrón, haciendo un ruido en las cañerías que hacía temblar las paredes. Hasta yo estaba temblando. Frío, miedo, un vacío interior… ¡qué sé yo!

Así que decidí rendirme. Hice lo único que podía hacer en aquel momento. Lo único que encajaba con el resto del cuadro. Me senté en la cama, una cama áspera, de motel de carretera. Con una manta roja y raída y una mancha de… bueno, mejor no preguntar, ¿no cree? Así que, me senté ahí y me encendí un cigarrillo.

Así, la escena quedaba completa: una habitación en penumbra, iluminada lacónicamente por la luz pálida del baño, una cama vieja y sucia. Y yo, también viejo y sucio, fumando un cigarrillo. Todo encaja, ¿no le parece? Pero falta algo… ¡Ah! Sí. Ruidos en la habitación contigua. Ruidos de… una pareja discutiendo, sí. Creo que eso encaja en lo que quiero contarle.

No sabría decirle cuánto tiempo estuvimos así. Es como un cuadro. No sé si me entiende. Nunca sabes cuándo las figuras van a decidir seguir con sus vidas y salir del marco. No pueden quedarse ahí para siempre, ¿verdad? Y de algún sitio deben de venir.

¿Qué si esto es importante para la historia? Bueno, pues no sé, pero por algún sitio tenía que empezar. Y este es tan buen punto como cualquier otro.

Ahora tengo que ligar esto con otro punto de la historia. Así, con dos puntos, tenemos una línea. Usaré, si no le importa, algo tangible, algo que pueda tocar. Así será más fácil para mí contarlo y, con suerte, para usted entenderlo.

Tomemos esta pistola. Pesada, fría. Dormida. Parece pequeña, inofensiva. Pero ambos sabemos que, con unas leves caricias, crece y se calienta. Un auténtico símbolo fálico, el poder en la palma de la mano.

Pongamos esta pistola en la habitación, sobre la almohada, reposada y relajada, esperando que la coja para cantar su fría balada. ¿He dicho balada? Como bala, claro. Disculpe, no quería sonar cómico, entiendo que este no es el momento para ello.

Así que tenemos una habitación, un hombre fumando y una pistola cargada (porque claramente está cargada) reposando en la almohada. O en la mesilla de noche, si usted cree que va a encajar mejor con lo que le estoy contando.

Creo que le da una fuerza inesperada a la escena. Lo que era una escena tranquila, deprimente, costumbrista, ha adquirido una vertiente agresiva, brutal. Y sólo con ese pequeño elemento reluciente en la habitación.

Supongo que todo esto no le ayuda demasiado, ¿verdad? Yo aquí, hablando de una habitación patética en una mañana amarillenta y descolorida. Aunque, ya sé qué es lo que más le preocupa. El arma humeante y el charco de sangre, ¿no es así?

Pero, entiéndame, es parte de la historia, yo poco puedo hacer ahora. Ya está escrito, como quien dice. Si hubiese algo que pudiese hacer, algo que cambiar, créame que lo haría. Pero el hecho de que estemos los dos aquí, hablando como estamos, indica que ya es tarde.

¿Tiene todo esto algún sentido para usted? Si se lo contase en orden todo sería mucho peor, claro. Pero, contándoselo así la cosa mejora. Lo que me da miedo, realmente me da miedo, es cuando llegue al final (o al principio) de esta historia. Al charco de sangre, a la pistola humeante.

Tal vez, si añadimos un tercer elemento, que de altura al cuadro, sea todo un poco más claro. Pongámosle, por ejemplo, a usted. En esa habitación. Llamó a la puerta sin saber que así entraba en este cuadro.

Así la historia pasa de ser meramente descriptiva a tener acción, un movimiento. Y esto, nos obliga, a tomar una dirección. A tomar un “adelante” y un “atrás”. El mero hecho de que exista una acción fuerza a toda la composición a definirse en el tiempo.

Y era eso lo que quería evitarle. Porque, y créame que lo digo en serio, lamento mucho todo esto. Prefería la historia sin un orden ni acción. Porque, hasta entonces usted está vivo y no en el suelo de una habitación deprimente, tirado junto a una manta roja y raída.

Pero, una vez que la acción comienza todo sucede de golpe. Y luego llega el “bang”, el “oh” ahogado y el “plof” de su cuerpo contra el suelo.

¿Lo ve? Por eso hay ocasiones en las que comenzar por el principio lo complica todo.

Un grito sin palabras

07 martes Abr 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Relatos

La consciencia, herida de muerte, se arrastra por una garganta estrecha y reseca, consiguiendo, tras esfuerzos y derrotas, salir en un grito sin palabras. Un grito herido, sincero, cuarteado como la tierra en agosto. Roto por los bordes. Mal doblado. Un grito náufrago, casi ahogado en un mar inmenso, que se agarra, con la fuerza de la desesperación, a un tronco a la deriva.

Es rabia, rabia pura. Rabia destilada, rabia grave y aguda. Alta, profunda. Es un “¡NO!” es un “¡BASTA!”, un “¡DETENTE!”, una bala. Una explosión de pólvora contenida en un pecho de carne. Encerrada entre costillas y sangre.

Es un grito lejano, sin eco. Apagado por el viento y el ruido de una sociedad de voceros. De plañideras de cartón, de maniquís sin alma ni aliento. Un grito rebelde, alzado ante fusileros. Un grito de color en un mundo en blanco y negro.

Y es por ese mundo, marchito y baldío, al que se le escapan los colores entre sus manos ensangrentadas, como fina arena de playa, es por ese mundo por quien grita, por quien llora. Poblado de caricaturas sin rasgos, planas y angulosas. Pixeladas. Sucias, borrosas.

Harta, la consciencia grita, rebelde y roja, y verde, y azul. Buscando quien la escuche, quien grite con ella. Quien se alce del mundo plano, quien crezca bajo un nuevo sol, quien se quite las ropas de cartón y mire de frente al fusil, que es la mentira.

Y la consciencia se arrastra, reptante, por el oído rebelde. Se hace un hueco, se hace un nido. En la mente, entre pensamientos, entre sentimientos. Va creciendo, se hace fuerte. Adquiere color, calor. Un grito más humano, menos muerto.

Y así, de nuevo sale, gritando al mundo, colándose en nuevos oídos, en corazones abiertos. Que escuchan, que gritan, que rompen el molde oxidado. Que sufren y lloran, que viven y ríen. Así la consciencia crece, se hace fuerte. Explota, y ya no muere.

Shhhhh

02 jueves Abr 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, rel, Relatos

Cuando se apaga la luz llegan los sonidos. Uno a uno, en fila, esperan agazapados a que cierres los ojos, en silencio. El goteo de un grifo, pasos en la escalera, una televisión lejana. Hasta los gritos, rabiosos y amargos, de unos vecinos que se aman, que se odian. Que tan solo se soportan.

Esos sonidos, cautivos durante el día, eclipsados por la luz del sol, salen como aves nocturnas de su sus nidos, de sus profundas madrigueras, de almas solitarias que aúllan a la luna. Primero, se desperezan, estiran sus músculos, calientan sus gargantas haciendo gárgaras melódicas. Se arrullan entre las sábanas comenzando una melodía, una nana que despierta, que adormece, que sube y que baja. Por las escaleras.

Marcan el ritmo los pasos del tercero, un-dos-tres, un nuevo vals comienza su sueño. Una lavadora distante le sigue despacio. Lenta, con carga, bamboleante y pesada. Gira. Gira. Siguiendo los pasos del vals del tercero.

La ciudad duerme, tranquila, más despierta que nunca. Sillas que se arrastran, cansadas, sin poder sentarse, sin poder descansar. Una persiana sube, una persiana baja. Se enrollan cantando, se enrollan cantando, se enrollan cantando. No callan, como la vecina del quinto.

Cuando cierras los ojos, los sonidos te llaman. Te susurran al oído que para ellos es de día y que salen a jugar, que salen a cantar. Su vida es la noche y duermen de día, y te susurran que viven, como cada noche, al acabar el día.

En un rato, esos sonidos se harán tuyos mientras te unes a ellos en su musical harmonía. A la vieja lavadora, al vals del tercero, a la silla cansada y a la pareja amargada, que está haciendo las paces. Te unes a ellos en esta noche dormida. Tu respiración pausada, lenta, tu pecho que sube y que baja, sin escaleras.

El náufrago del alma

19 jueves Mar 2015

Posted by Gorka V. in Poesía, Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Poesía, Relatos

El náufrago del alma estaba solo. En aquella isla plana, sin cocotero ni playa. Sin nadie que hiciese compañía a la soledad de su alma.

No sabía, no importaba, ni el cuándo ni el cómo. Sólo que el silencio de las olas ahogaban el grito de su alma. Alma náufraga, alma sola. Alma cubierta de sal y arena. Alma que se secaba bajo el sol en una isla sin playa.

El náufrago era la isla, esa isla sin playa. Esa isla a la que nadie más llegaba. Había luchado duro, contra la fuerte marea, contra las olas que le empujaban, contra la resaca que tiraba. Había nadado lejos, había construido balsas. Pero tras marea, olas y resaca, la isla regresaba.

A veces pasaban barcos, cargados de gentes extrañas. Y algunos pasajeros saludaban a la isla plana. En contadas ocasiones, algunos desembarcaban, poniendo pie por un tiempo, en la isla sin playa. Daban sombra al alma, que por ese tiempo no se secaba, y bebía de las visitas, saciando su sed solitaria.

En esos momentos la isla crecía, sin cocotero y sin playa, pero en compañía. Parecía que las olas hubiesen cejado en su empeño, de derribar la isla ya acabado el tormento.

Pero el barco volvía, a recoger al viajero, que dejaba la isla sola, sin playa. Sin cocotero. Una vez más solo, el náufrago del alma, se secaba bajo el sol, mientras se le cuarteaba el alma.

Y la marea subía. Y la marea bajaba. Bañando la isla plana, bañando la isla sin playa. Volvería algún visitante, volvería la ola enfadada. Seguiría así el ciclo, en aquella isla sin playa.

Nadie más naufraga, pues no hay arena ni playa. Las olas no devuelven nada, las olas todo se tragan. Y en la negrura del océano, sigue flotando ese alma. Esa isla plana. Esa isla sin playa.

Papel en blanco

17 martes Mar 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Relatos

Miraba el papel en blanco como quien mira un abismo ante sus pies. Que dando un solo paso al frente se podría sumergir para siempre en la inmensa negrura del vacío, en la cálida noche eterna.

Miraba el papel en blanco con el anhelo de quien tiene algo que decir, algo que contar. Alguien que busca las palabras en el desierto de su alma, con la tenue esperanza de que el rocío amargo de la desesperación haya hecho florecer un grito de auxilio.

Miraba el papel en blanco con rabia y deseo, con dolor y añoranza. Esperando, deseando, poder deslizar su pluma, su lápiz, su mano temblorosa, sobre esa cálida sábana inmaculada y poder plasmar su angustia, su ira, su soledad y su miedo.

Miraba el papel en blanco con la esperanza de que fuese firme, resistente, que pudiese recoger sus lágrimas sin romperse, sus gritos sin quebrarse. Que pudiese apuñalarlo furiosamente con su bolígrafo sin atravesarlo.

Miraba el papel en blanco con el deseo de que éste le devolviese la mirada. Que ese lienzo pudiese captar lo que en él habitaba, robándole la oscuridad de su mente, de su alma. Para que la soledad ya no fuese sólo suya, sino compartida. Porque la soledad está menos sola cuando es nuestra y no mía.

Y entonces ocurrió, y el papel ya no fue blanco. Las palabras se derramaban como lágrimas de tinta, formando gritos y rabia, torbellinos de furia desatada. Su alma, todo su ser, caía sobre aquel papel que había sido blanco. Ensuciando su blancura de dolor y angustia.

Y, mientras el papel sangraba tinta de sufrimientos y pérdidas, de una soledad profunda y eterna, él se había vaciado de todo. Se encontraba como un papel en blanco, ansioso por ser escrito.

Lo haría con esperanza y buena letra, con una cuidada caligrafía orgullosa y alegre, sin miedo a los puntos, a las comas y al dolor. Porque eso es la vida y sólo nosotros decidimos como escribirla. Y siempre, cada día, podemos deshacernos del sucio borrador del ayer y empezar a escribir de nuevo.

Miraba el papel en blanco. Empezó e nuevo. Con esperanza y buena letra. En un nuevo papel en blanco.

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