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Cuando se apaga la luz llegan los sonidos. Uno a uno, en fila, esperan agazapados a que cierres los ojos, en silencio. El goteo de un grifo, pasos en la escalera, una televisión lejana. Hasta los gritos, rabiosos y amargos, de unos vecinos que se aman, que se odian. Que tan solo se soportan.
Esos sonidos, cautivos durante el día, eclipsados por la luz del sol, salen como aves nocturnas de su sus nidos, de sus profundas madrigueras, de almas solitarias que aúllan a la luna. Primero, se desperezan, estiran sus músculos, calientan sus gargantas haciendo gárgaras melódicas. Se arrullan entre las sábanas comenzando una melodía, una nana que despierta, que adormece, que sube y que baja. Por las escaleras.
Marcan el ritmo los pasos del tercero, un-dos-tres, un nuevo vals comienza su sueño. Una lavadora distante le sigue despacio. Lenta, con carga, bamboleante y pesada. Gira. Gira. Siguiendo los pasos del vals del tercero.
La ciudad duerme, tranquila, más despierta que nunca. Sillas que se arrastran, cansadas, sin poder sentarse, sin poder descansar. Una persiana sube, una persiana baja. Se enrollan cantando, se enrollan cantando, se enrollan cantando. No callan, como la vecina del quinto.
Cuando cierras los ojos, los sonidos te llaman. Te susurran al oído que para ellos es de día y que salen a jugar, que salen a cantar. Su vida es la noche y duermen de día, y te susurran que viven, como cada noche, al acabar el día.
En un rato, esos sonidos se harán tuyos mientras te unes a ellos en su musical harmonía. A la vieja lavadora, al vals del tercero, a la silla cansada y a la pareja amargada, que está haciendo las paces. Te unes a ellos en esta noche dormida. Tu respiración pausada, lenta, tu pecho que sube y que baja, sin escaleras.