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Versos con lengua

~ Versos con lengua: poesía que llueve, poesía que crece. Poesía que ama, poesía que duele

Versos con lengua

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Papel en blanco

17 martes Mar 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Relatos

Miraba el papel en blanco como quien mira un abismo ante sus pies. Que dando un solo paso al frente se podría sumergir para siempre en la inmensa negrura del vacío, en la cálida noche eterna.

Miraba el papel en blanco con el anhelo de quien tiene algo que decir, algo que contar. Alguien que busca las palabras en el desierto de su alma, con la tenue esperanza de que el rocío amargo de la desesperación haya hecho florecer un grito de auxilio.

Miraba el papel en blanco con rabia y deseo, con dolor y añoranza. Esperando, deseando, poder deslizar su pluma, su lápiz, su mano temblorosa, sobre esa cálida sábana inmaculada y poder plasmar su angustia, su ira, su soledad y su miedo.

Miraba el papel en blanco con la esperanza de que fuese firme, resistente, que pudiese recoger sus lágrimas sin romperse, sus gritos sin quebrarse. Que pudiese apuñalarlo furiosamente con su bolígrafo sin atravesarlo.

Miraba el papel en blanco con el deseo de que éste le devolviese la mirada. Que ese lienzo pudiese captar lo que en él habitaba, robándole la oscuridad de su mente, de su alma. Para que la soledad ya no fuese sólo suya, sino compartida. Porque la soledad está menos sola cuando es nuestra y no mía.

Y entonces ocurrió, y el papel ya no fue blanco. Las palabras se derramaban como lágrimas de tinta, formando gritos y rabia, torbellinos de furia desatada. Su alma, todo su ser, caía sobre aquel papel que había sido blanco. Ensuciando su blancura de dolor y angustia.

Y, mientras el papel sangraba tinta de sufrimientos y pérdidas, de una soledad profunda y eterna, él se había vaciado de todo. Se encontraba como un papel en blanco, ansioso por ser escrito.

Lo haría con esperanza y buena letra, con una cuidada caligrafía orgullosa y alegre, sin miedo a los puntos, a las comas y al dolor. Porque eso es la vida y sólo nosotros decidimos como escribirla. Y siempre, cada día, podemos deshacernos del sucio borrador del ayer y empezar a escribir de nuevo.

Miraba el papel en blanco. Empezó e nuevo. Con esperanza y buena letra. En un nuevo papel en blanco.

La chica de las uñas rosas

13 viernes Mar 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Relatos

¿Os he hablado alguna vez de la chica de las uñas rosas? No, seguro que no. Me acordaría. Es una de esas historias que sólo cuentas una vez, con voz pausada y casi en un susurro. Casi con miedo a que se rompa.

Lo que más llamaba la atención de ella eran sus uñas, claro. Pintadas de un color rosa claro. Ni muy chillón ni demasiado apagado. Un rosa neutro. Un rosa que recordaba a un atardecer en el Mediterráneo. O a un chicle debajo de un viejo pupitre de tercero de la ESO pegado durante un recreo de juventud.

Pero lo curioso, lo que realmente llamaba la atención, es que nunca se pintaba todas. A veces sólo las de una mano. Otras, de forma alterna. Una sí, una no, una sí, una no. Así hasta completar ambas manos. En otras ocasiones se pintaba tres y dejaba el resto. Dependía de su humor. Cuando te fijabas quedaba claro que era una persona peculiar. Que era capaz de levantarse de la cama y decir “hoy es un día de meñiques y pulgares”.

La primera vez que me fijé en ella estaba sentada en un pequeño café. Tamborileando con sus finos dedos (algunas uñas pintadas, otras no) sobre la mesa de mármol mientras su mano derecha sostenía un lápiz en un gesto descuidado hasta el detalle. Una postura entre soñadora y perdida. Parecía no saber si girar o seguir adelante, si dar un paso atrás o dos hacia el frente, si levantarse o volar. Si seguir soñando o simplemente perderse en los sueños ajenos.

Cuando se ponía a escribir, siempre en papel, en su pequeña libretita azul, sus dedos parecían trazar líneas invisibles acompañando al recorrido del lápiz. Unas líneas rosas o unas líneas claras. Danzando sobre el papel. Dibujando ríos rosas invisibles que acompañaban el cauce de sus palabras.

Una mano tamborileaba en la mesa. La otra bailaba en el papel. Si una aumentaba el ritmo, la otra le seguía al compás. Siempre al unísono. Unas uñas pintadas. Otras no.

Escribía según su ánimo, por supuesto. Dependía de si aquel era un día de meñiques y pulgares o si era un día especial en el que se pintaba de rosa el corazón. Días alegres algunos, días pintados de rosa. Días tristes otros, donde el color no encontraba las fuerzas de invadir sus uñas.

Cuando llegaba una mala racha, sus uñas iban perdiendo el color. Poco a poco, día a día, dedo a dedo. Casi a punto de desaparecer. Sólo el meñique de su mano derecha resistía a la depresión que había acabado con sus compañeros. Pequeño pero tenaz.

En esos días sus manos marcaban un ritmo lento, casi fúnebre, sobre la mesa del café. Su mano izquierda, lentamente, cantaba un tap-tap cargado de melancolía. Un blues que había perdido el rosa. Mientras tanto, su mano derecha se esforzaba por encontrar un camino entre un bosque de palabras. En continuar su danza en un mar de dudas. Como arrastrando los pies, aún bailaba, con la fuerza del último meñique vestido de rosa en una pista de baile en blanco y negro.

Esos días parecían haber perdido el color. En las calles, en las casas, en aquel pequeño café, en las uñas de sus dedos.

Creo que fue un martes. Sí, estoy casi seguro. Me acuerdo porque los martes tienen esa costumbre de seguir a los lunes, como un acosador en una calle oscura. Aunque, como no hay a quien le gusten los lunes, parece que a nadie le importe.

Cuando entré al café casi lo paso por alto. El tap-tap seguía siendo gris. Un maullido de gato en una calle de París. Un jubilado arrastrando el alma y las zapatillas de estar en casa. Pero había algo oculto, una mota de color. Un contrapunto rosa en un mundo deprimido. En las profundidades del mar, donde casi no llega la luz y se pierden los colores aún quedaba esperanza. Una esperanza rosa. Una uña del índice de la mano izquierda.

La danza de sus manos aún era lenta y profunda. Sus pies aún estaban en el barro de la soledad, donde bailar te cuesta el alma. Pero se veía esperanza. Como una rosa que germina en un terreno abonado. Primero crece una sombra, poco a poco. Aún tardará en alcanzar el cielo y abrazar al sol y devorar su calor y volver el mundo de color de rosa.

Aún quedaba camino para sus manos, aún quedaban uñas por conquistar. Día a día, dedo a dedo. Ganando el color la batalla de sus manos. El rosa volvía a su vida, día a día, dedo a dedo. A sus manos finas.

La última vez que la vi, era un viernes. Es fácil acordarte de los viernes, con sus vestidos de flores y sus zapatos de vivos colores. Los viernes siempre son una joven en primavera. Todo por vivir y disfrutar. Con ganas de bailar. De perderse en sueños propios y ajenos, de dar dos pasos al frente, de girar y girar y seguir recto. Los viernes son un caos, como pintarse algunas uñas y no todas de color rosa.

Aquel viernes ella llegó tarde. Creo que era la primera vez que eso ocurría. Siempre era ella la que llegaba antes. Luego llegaba yo, me pedía un café y me perdía en mis pensamientos, acompañado de su tap-tap y de su danza en la mesa. Cuando me iba, ella todavía seguía allí, con el lápiz en la mano sobre su libretita azul. Con aquel gesto descuidado hasta el detalle.

Por eso me extrañó no encontrármela allí. Quise preguntar al camarero por ella, pero temía que me mirase raro, como a un martes que estuviese siguiendo a un lunes. Así que me senté, pedí mi café y esperé.

Tengo que reconocer que estaba nervioso. Sin darme cuenta, mis dedos tamborileaban sobre la mesa, con un tap-tap sin ritmo, una pálida copia de la música color de rosa que a esas horas solía llenar el café.

A punto estaba de irme cuando entró ella. Con todas sus uñas pintadas. Todas salvo el corazón de su mano izquierda. Hoy debía de ser un día importante.

Se sentó en su mesa, en la mesa de siempre. Sacó su libretita azul y su lápiz. Cuando llegó su café ya estaba tamborileando con la mano izquierda mientras su derecha soñaba libre sobre las páginas en blanco, derramando su tinta, esculpiendo palabras.

El ritmo era rápido a veces, con contrapuntos calmos y serenos, creando una armonía nueva en ella. Ya no había melancolía ni un blues sin rosa. Ya no arrastraba los pies por la sala de baile, por el barro de la vida. La rosa crecía hermosa devorando el sol y su calor, brillando con el mismo color que inundaba sus dedos.

Cuando la música de sus manos terminó, la calma llenaba el café. No había ni un murmullo de conversaciones, ni cucharillas tintineando contra las tazas. Mucho menos ese horrible rugido de la cafetera que, enfadada con el mundo, escupía de sus entrañas el café más negro del mundo.

Claro que seguía habiendo gente, que enfrascada en su mundo, un mundo sin uñas de color de rosa, seguían con sus conversaciones. Con sus cucharillas y sus tazas. Con su cafetera de alma bruñida. Pero esa era otra realidad. En nuestra realidad, en la realidad de la chica de las uñas de rosa y ahora mía, eso ya no existía.

Sólo había calma. La calma que fluye después de un vals, después de un tango de un color rosa intenso casi rojo. De bailar con pies ágiles en una pista de baile del mismo mármol que la mesa del café.

Sus manos riendo habían bailado, habían escrito mundos bañados por la luz rosa de sus dedos.

Tranquila, buscó algo en su bolso. Sacó un frasquito que depositó suavemente en la mesa. Un pequeño pincel, untado con la savia rosa del árbol de su vida, se deslizó suave, despacio por su corazón de su mano izquierda. Una, dos, tres veces.

Sopló brevemente en su última uña. Su nuevo corazón brillaba con sus zapatos nuevos, con su rosa reluciente a un sol cálido y  amable. Reposó las manos en la mesa. Sus uñas, de la primera a la última, estaban todas vestidas de fiesta.

Tamborileó sus dedos por última vez. Un río rosa fluyó por la mesa del café, llevándose para siempre momentos amargos, momentos de blues y de barro, momentos de lágrimas escritas sobre la mesa de mármol.

Ya no estaba perdida ni temía perderse. Y así salió del café y de mi vida. Con todas sus uñas pintada de rosa. Con sus pies ligeros bailando al compás de un tap-tap alegre y colorido. Vestida de viernes. Sin martes a la vista.

Así salió del café y de mi vida. Con todas sus uñas pintada de rosa.

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