Pequeños problemas

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Sus problemas eran una pelotita arrugada del tamaño de un puño. Vale que no eran los más grandes, ni los más pesados. Probablemente estaban por debajo de la media. Algunos incluso dirían que no eran problemas en absoluto.

Pero claro, para él, eran los problemas más importantes del mundo. Al fin y al cabo, aquellos eran SUS problemas.

Otros venían con sus losas de mármol, sus grilletes de acero o sus sacos de lastre. Y claro, él tenía que poner buena cara, dar ánimos y palmaditas en la espalda. Qué iba a hacer si él sólo tenía una pelotita del tamaño de un puño.

Hubiese sido ridículo quejarse por ello. Así que lo iba dejando pasar, poco a poco. Siempre había alguien con problemas más grandes, más pesados.

No, esta historia no va de como la pelotita se iba habiendo cada vez más grande, más pesada. No te hagas el listillo. La pelotita seguía igual, sin ser la más grande, ni la más pesada. De hecho, le prestaba tan poca atención que llegó a olvidar de qué estaba hecha.

Todos conocían al detalle sus losas de mármol, sus grilletes de acero y sus sacos de lastre. No hablaban de otra cosa. Y él poniendo buena cara, dando ánimos y palmaditas en la espalda.

Y su pelotita, que no interesaba a nadie, ahí seguía. Casi olvidada.
Un día, casi se podía decir que por aburrimiento, se atrevió a abrirla. A ver de qué estaba hecha.

Un papel en blanco. Nada más. Su único problema era no poder compartirlo.

Perdido

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Cabeza baja. Mentón anclado al pecho. Carcasa vacía donde resuena una canción solitaria. Mascando versos silenciosos, oscuros y amargos como hojas de tabaco. De vez en cuando escupe alguno, rojo sangre, en callejón apartado.

Caminando. Por bosque infinito, mar de calma chicha. Vasto desierto de arena sin dunas, de edificios grises. Gabardina hueca, piernas cansadas. Sin mapa ni rumbo. En espiral infinita que, hipnótica, gira y gira.

Hambriento, sediento. Sin llevarse a la boca más que alarde gastronómico de nueva cocina, escaso bocado que no alimenta ni estómago ni espíritu. Alma de Tántalo, corazón perdido.

Detenerse, abrir la mochila y desplegar el mapa. Brújula y sextante. Verse perdido y lejos del oasis. No, mejor no. Seguir  a ciegas, seguir caminando. Entre selvas, manglares del destino, que nublan el camino con lianas y barro, que distraen con extraños sonidos.

Mejor la duda. Esperanza y fe. Que el tiempo diga si hay una meta, un premio, luz al final del túnel. Mejor la duda que certeza cruel. Perdido por inercia, por miedo. Y aun así, con todo, seguir caminando.

El recuerdo más grande del mundo

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No, me niego. Me aferro al rotundo rechazo a aceptar que te has ido. Que no volverás. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. No voy a soltar tu recuerdo, que agarro con ambas manos, con fuerza, con toda mi fuerza, dejando los nudillos en blanco.

No voy a dejar que te vayas, que te diluyas, que te borres de la realidad de la vida. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Aunque no estés, aquí sigues, aunque no vuelvas, no te has ido. No si aún te recuerdo.

Recuerdos profundos, extensos. Recuerdos que abarcan planetas y estrellas, el universo entero. Recuerdos como océanos sin límite que caben en la palma de mi mano y que son frágiles y ligeros, que son plumas al viento.

Recuerdos que nos hacen grandes aunque seamos pequeños. Amenazados, día a día, con la sombra del olvido. A eso me niego, a perder lo que aún eres. El recuerdo más grande del mundo.

Sí, acepto, sumiso, vencido por la dura evidencia del final de la vida que tu cuerpo ya se ha ido como arena en el desierto. Polvo al polvo, viento al viento. Cenizas consumidas en el volcán de la vida.

Pero no, tu recuerdo no. Nunca. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Hermoso regalo que me dejas, herencia sin precio ni lazo. Un vasto jardín de flores. Y prometo regarlo, como hiciste tú, cada día. Con el mismo cariño, el mismo amor. Con la misma vida.

Confesión

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Hay ocasiones en las que comenzar por el principio lo complica todo, ¿sabe usted? El orden de las cosas, el habitual, el “adecuado” sólo hace que todo sea más confuso, que la historia se enrede y al final no se entienda nada. En esos momentos es mejor empezar por otro sitio, con un pequeño detalle y luego, a partir de este, ir construyendo el relato como uno mejor puede.

Y creo que esta es una de esas veces. Podría decir muchas cosas sobre mí, sobre cómo llegué a esta situación, pero así se perdería la esencia de lo que quiero contar. Podría empezar también por el final, por el charco de sangre y la pistola humeante, aunque tampoco sea ese el final-final. El final, el de verdad, tal vez seamos nosotros hablando, aquí y ahora. O tal vez sea el final que me espera. No sé.

Empezaré diciendo que la luz del baño dormía tranquila hasta que activé el interruptor. Despierta con el sonido característico de los fluorescentes. Tap-tap. Pausa. Tap-tap-tap. Se enciende con esfuerzo, iluminando la estancia con una luz pálida, cansada. También yo había pasado una mala noche, claro, y eso afectaba al halógeno del baño. No sería coherente con la historia que, después de aquella noche, la luz se encendiese radiante con un brillo alegre ¿no cree?

El espejo, con sus manchas en la piel, devolvía una imagen tan vieja y descolorida que apenas me reconocía. Quien sabe, tal vez ese no era yo. Como si alguien hubiese tomado mi rostro, copiándolo de una descripción pasada de boca a boca. Claro que había un parecido, pero los detalles estaban difuminados, como si se hubiesen olvidado. Era… ¿cómo decirlo? Como si esa mañana me hubiesen dibujado deprisa y corriendo, como si el autor no se hubiese esmerado en el retrato.

Intenté lavarme la cara para salir de aquel embotamiento que había capturado la realidad. Pero claro, el agua salía marrón, haciendo un ruido en las cañerías que hacía temblar las paredes. Hasta yo estaba temblando. Frío, miedo, un vacío interior… ¡qué sé yo!

Así que decidí rendirme. Hice lo único que podía hacer en aquel momento. Lo único que encajaba con el resto del cuadro. Me senté en la cama, una cama áspera, de motel de carretera. Con una manta roja y raída y una mancha de… bueno, mejor no preguntar, ¿no cree? Así que, me senté ahí y me encendí un cigarrillo.

Así, la escena quedaba completa: una habitación en penumbra, iluminada lacónicamente por la luz pálida del baño, una cama vieja y sucia. Y yo, también viejo y sucio, fumando un cigarrillo. Todo encaja, ¿no le parece? Pero falta algo… ¡Ah! Sí. Ruidos en la habitación contigua. Ruidos de… una pareja discutiendo, sí. Creo que eso encaja en lo que quiero contarle.

No sabría decirle cuánto tiempo estuvimos así. Es como un cuadro. No sé si me entiende. Nunca sabes cuándo las figuras van a decidir seguir con sus vidas y salir del marco. No pueden quedarse ahí para siempre, ¿verdad? Y de algún sitio deben de venir.

¿Qué si esto es importante para la historia? Bueno, pues no sé, pero por algún sitio tenía que empezar. Y este es tan buen punto como cualquier otro.

Ahora tengo que ligar esto con otro punto de la historia. Así, con dos puntos, tenemos una línea. Usaré, si no le importa, algo tangible, algo que pueda tocar. Así será más fácil para mí contarlo y, con suerte, para usted entenderlo.

Tomemos esta pistola. Pesada, fría. Dormida. Parece pequeña, inofensiva. Pero ambos sabemos que, con unas leves caricias, crece y se calienta. Un auténtico símbolo fálico, el poder en la palma de la mano.

Pongamos esta pistola en la habitación, sobre la almohada, reposada y relajada, esperando que la coja para cantar su fría balada. ¿He dicho balada? Como bala, claro. Disculpe, no quería sonar cómico, entiendo que este no es el momento para ello.

Así que tenemos una habitación, un hombre fumando y una pistola cargada (porque claramente está cargada) reposando en la almohada. O en la mesilla de noche, si usted cree que va a encajar mejor con lo que le estoy contando.

Creo que le da una fuerza inesperada a la escena. Lo que era una escena tranquila, deprimente, costumbrista, ha adquirido una vertiente agresiva, brutal. Y sólo con ese pequeño elemento reluciente en la habitación.

Supongo que todo esto no le ayuda demasiado, ¿verdad? Yo aquí, hablando de una habitación patética en una mañana amarillenta y descolorida. Aunque, ya sé qué es lo que más le preocupa. El arma humeante y el charco de sangre, ¿no es así?

Pero, entiéndame, es parte de la historia, yo poco puedo hacer ahora. Ya está escrito, como quien dice. Si hubiese algo que pudiese hacer, algo que cambiar, créame que lo haría. Pero el hecho de que estemos los dos aquí, hablando como estamos, indica que ya es tarde.

¿Tiene todo esto algún sentido para usted? Si se lo contase en orden todo sería mucho peor, claro. Pero, contándoselo así la cosa mejora. Lo que me da miedo, realmente me da miedo, es cuando llegue al final (o al principio) de esta historia. Al charco de sangre, a la pistola humeante.

Tal vez, si añadimos un tercer elemento, que de altura al cuadro, sea todo un poco más claro. Pongámosle, por ejemplo, a usted. En esa habitación. Llamó a la puerta sin saber que así entraba en este cuadro.

Así la historia pasa de ser meramente descriptiva a tener acción, un movimiento. Y esto, nos obliga, a tomar una dirección. A tomar un “adelante” y un “atrás”. El mero hecho de que exista una acción fuerza a toda la composición a definirse en el tiempo.

Y era eso lo que quería evitarle. Porque, y créame que lo digo en serio, lamento mucho todo esto. Prefería la historia sin un orden ni acción. Porque, hasta entonces usted está vivo y no en el suelo de una habitación deprimente, tirado junto a una manta roja y raída.

Pero, una vez que la acción comienza todo sucede de golpe. Y luego llega el “bang”, el “oh” ahogado y el “plof” de su cuerpo contra el suelo.

¿Lo ve? Por eso hay ocasiones en las que comenzar por el principio lo complica todo.

Versos con espinas

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Este es mi regalo: un ramo de versos. Versos rojos, frescos, recién cortados. Para ti. Para que los degustes uno a uno, llevándotelos a la boca, saboreando sus pétalos y sus tallos. Y también sus espinas.

Los versos, las rosas, la propia vida. Son el rocío de la mañana, el aroma de la tarde. El aleteo de un insecto al anochecer. Un beso fugaz que roza tus labios, dejando el recuerdo de ese breve momento impreso durante años.

Y los momentos duros, cuando el sol quema y la lluvia ahoga. Esos también son versos y rosas y vida. Y cuando el viento sopla, fuerte, tenaz, te tira y te empuja. Insolente, maldito. También es vida.

Pero no te rindes. Y el agua te moja y el sol te seca. Así te nutren, te enseñan. Y así creces, aprendes. Más fuerte, más duro, más dura. Con nuevas cicatrices en las manos y un tallo más recto. Nuevas hojas abiertas a un nuevo cielo.

Y este es mi regalo: un ramo de versos. No versos tristes, ni llanto, ni gritos. Tampoco versos de ensueño, falsos como sonrisas pintadas. Te regalo versos vivos, rojos de pasión, frescos como tu falda en verano. Versos con pétalos y tallos. Pero también con espinas.

Un grito sin palabras

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La consciencia, herida de muerte, se arrastra por una garganta estrecha y reseca, consiguiendo, tras esfuerzos y derrotas, salir en un grito sin palabras. Un grito herido, sincero, cuarteado como la tierra en agosto. Roto por los bordes. Mal doblado. Un grito náufrago, casi ahogado en un mar inmenso, que se agarra, con la fuerza de la desesperación, a un tronco a la deriva.

Es rabia, rabia pura. Rabia destilada, rabia grave y aguda. Alta, profunda. Es un “¡NO!” es un “¡BASTA!”, un “¡DETENTE!”, una bala. Una explosión de pólvora contenida en un pecho de carne. Encerrada entre costillas y sangre.

Es un grito lejano, sin eco. Apagado por el viento y el ruido de una sociedad de voceros. De plañideras de cartón, de maniquís sin alma ni aliento. Un grito rebelde, alzado ante fusileros. Un grito de color en un mundo en blanco y negro.

Y es por ese mundo, marchito y baldío, al que se le escapan los colores entre sus manos ensangrentadas, como fina arena de playa, es por ese mundo por quien grita, por quien llora. Poblado de caricaturas sin rasgos, planas y angulosas. Pixeladas. Sucias, borrosas.

Harta, la consciencia grita, rebelde y roja, y verde, y azul. Buscando quien la escuche, quien grite con ella. Quien se alce del mundo plano, quien crezca bajo un nuevo sol, quien se quite las ropas de cartón y mire de frente al fusil, que es la mentira.

Y la consciencia se arrastra, reptante, por el oído rebelde. Se hace un hueco, se hace un nido. En la mente, entre pensamientos, entre sentimientos. Va creciendo, se hace fuerte. Adquiere color, calor. Un grito más humano, menos muerto.

Y así, de nuevo sale, gritando al mundo, colándose en nuevos oídos, en corazones abiertos. Que escuchan, que gritan, que rompen el molde oxidado. Que sufren y lloran, que viven y ríen. Así la consciencia crece, se hace fuerte. Explota, y ya no muere.

Shhhhh

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Cuando se apaga la luz llegan los sonidos. Uno a uno, en fila, esperan agazapados a que cierres los ojos, en silencio. El goteo de un grifo, pasos en la escalera, una televisión lejana. Hasta los gritos, rabiosos y amargos, de unos vecinos que se aman, que se odian. Que tan solo se soportan.

Esos sonidos, cautivos durante el día, eclipsados por la luz del sol, salen como aves nocturnas de su sus nidos, de sus profundas madrigueras, de almas solitarias que aúllan a la luna. Primero, se desperezan, estiran sus músculos, calientan sus gargantas haciendo gárgaras melódicas. Se arrullan entre las sábanas comenzando una melodía, una nana que despierta, que adormece, que sube y que baja. Por las escaleras.

Marcan el ritmo los pasos del tercero, un-dos-tres, un nuevo vals comienza su sueño. Una lavadora distante le sigue despacio. Lenta, con carga, bamboleante y pesada. Gira. Gira. Siguiendo los pasos del vals del tercero.

La ciudad duerme, tranquila, más despierta que nunca. Sillas que se arrastran, cansadas, sin poder sentarse, sin poder descansar. Una persiana sube, una persiana baja. Se enrollan cantando, se enrollan cantando, se enrollan cantando. No callan, como la vecina del quinto.

Cuando cierras los ojos, los sonidos te llaman. Te susurran al oído que para ellos es de día y que salen a jugar, que salen a cantar. Su vida es la noche y duermen de día, y te susurran que viven, como cada noche, al acabar el día.

En un rato, esos sonidos se harán tuyos mientras te unes a ellos en su musical harmonía. A la vieja lavadora, al vals del tercero, a la silla cansada y a la pareja amargada, que está haciendo las paces. Te unes a ellos en esta noche dormida. Tu respiración pausada, lenta, tu pecho que sube y que baja, sin escaleras.

Pluma negra

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Quería escribir de rojo pasión,

en rojo carmín. Señal de neón.

En verde primavera, en verde esperanza,

En el verde color de Ciudad Esmeralda.

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Quería escribir en el azul de cielo,

de mar de calma, de mar de sueños.

En cálido amarillo de arena y de fuego,

en el ardiente color del sol y del viento.

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Pintar las palabras de vivos colores.

Pintar sus aromas. Pintar sus sabores.

Colores que nacen, colores que crecen.

Colores que brotan y también que mueren.

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Pero sólo escribía con pluma caída,

de ave triste con alas marchitas,

de ave cobarde, de ave indigna,

de ave canosa, pluma torcida.

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Pluma de ave tonta, paloma torcaz.

Pluma de cuervo, de ave rapaz.

Pluma que no puede, que no anhela soñar.

Pluma que no puede, que no anhela volar.

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En su pluma empeñada, terca, constante,

en escribir palabras negras. De negro brillante.

De negro profundo, de negro tronante

Palabras oscuras, de alma sangrante.

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No hay rojo, ni verde. Ni azul ni amarillo.

No hay colores en la pluma del pájaro caído.

Los colores lloran, en lluvia de dolor

arrastrados por la pena del pájaro sin color.

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Pena profunda, pena negra.

Sin luz de sol, sin luz de hoguera.

Pena densa, oscura, pena de brea.

Pena que duele, pena que quema.

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Quería escribir de rojo pasión,

en rojo carmín. Señal de neón.

Y los colores caen, caen sin color

Su pluma sólo escribe, palabras de dolor.

El náufrago del alma

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El náufrago del alma estaba solo. En aquella isla plana, sin cocotero ni playa. Sin nadie que hiciese compañía a la soledad de su alma.

No sabía, no importaba, ni el cuándo ni el cómo. Sólo que el silencio de las olas ahogaban el grito de su alma. Alma náufraga, alma sola. Alma cubierta de sal y arena. Alma que se secaba bajo el sol en una isla sin playa.

El náufrago era la isla, esa isla sin playa. Esa isla a la que nadie más llegaba. Había luchado duro, contra la fuerte marea, contra las olas que le empujaban, contra la resaca que tiraba. Había nadado lejos, había construido balsas. Pero tras marea, olas y resaca, la isla regresaba.

A veces pasaban barcos, cargados de gentes extrañas. Y algunos pasajeros saludaban a la isla plana. En contadas ocasiones, algunos desembarcaban, poniendo pie por un tiempo, en la isla sin playa. Daban sombra al alma, que por ese tiempo no se secaba, y bebía de las visitas, saciando su sed solitaria.

En esos momentos la isla crecía, sin cocotero y sin playa, pero en compañía. Parecía que las olas hubiesen cejado en su empeño, de derribar la isla ya acabado el tormento.

Pero el barco volvía, a recoger al viajero, que dejaba la isla sola, sin playa. Sin cocotero. Una vez más solo, el náufrago del alma, se secaba bajo el sol, mientras se le cuarteaba el alma.

Y la marea subía. Y la marea bajaba. Bañando la isla plana, bañando la isla sin playa. Volvería algún visitante, volvería la ola enfadada. Seguiría así el ciclo, en aquella isla sin playa.

Nadie más naufraga, pues no hay arena ni playa. Las olas no devuelven nada, las olas todo se tragan. Y en la negrura del océano, sigue flotando ese alma. Esa isla plana. Esa isla sin playa.

Papel en blanco

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Miraba el papel en blanco como quien mira un abismo ante sus pies. Que dando un solo paso al frente se podría sumergir para siempre en la inmensa negrura del vacío, en la cálida noche eterna.

Miraba el papel en blanco con el anhelo de quien tiene algo que decir, algo que contar. Alguien que busca las palabras en el desierto de su alma, con la tenue esperanza de que el rocío amargo de la desesperación haya hecho florecer un grito de auxilio.

Miraba el papel en blanco con rabia y deseo, con dolor y añoranza. Esperando, deseando, poder deslizar su pluma, su lápiz, su mano temblorosa, sobre esa cálida sábana inmaculada y poder plasmar su angustia, su ira, su soledad y su miedo.

Miraba el papel en blanco con la esperanza de que fuese firme, resistente, que pudiese recoger sus lágrimas sin romperse, sus gritos sin quebrarse. Que pudiese apuñalarlo furiosamente con su bolígrafo sin atravesarlo.

Miraba el papel en blanco con el deseo de que éste le devolviese la mirada. Que ese lienzo pudiese captar lo que en él habitaba, robándole la oscuridad de su mente, de su alma. Para que la soledad ya no fuese sólo suya, sino compartida. Porque la soledad está menos sola cuando es nuestra y no mía.

Y entonces ocurrió, y el papel ya no fue blanco. Las palabras se derramaban como lágrimas de tinta, formando gritos y rabia, torbellinos de furia desatada. Su alma, todo su ser, caía sobre aquel papel que había sido blanco. Ensuciando su blancura de dolor y angustia.

Y, mientras el papel sangraba tinta de sufrimientos y pérdidas, de una soledad profunda y eterna, él se había vaciado de todo. Se encontraba como un papel en blanco, ansioso por ser escrito.

Lo haría con esperanza y buena letra, con una cuidada caligrafía orgullosa y alegre, sin miedo a los puntos, a las comas y al dolor. Porque eso es la vida y sólo nosotros decidimos como escribirla. Y siempre, cada día, podemos deshacernos del sucio borrador del ayer y empezar a escribir de nuevo.

Miraba el papel en blanco. Empezó e nuevo. Con esperanza y buena letra. En un nuevo papel en blanco.