Ejercicio 1

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Sus pequeñas manitas parecían unidas al escaparate de tal modo que, para poder llevarse al niño de ahí, habría que sacar el cristal del marco.

Como cada día, pegaba su carita rosada contra el frío cristal de la pastelería en su vuelta del colegio. Tenía que tomar un buen rodeo, pero sin duda merecía la pena.

Su aliento, en aquella fría tarde de otoño, formaba un ligero vaho que tardaba en desaparecer, para, en ese breve momento hasta la siguiente bocanada, dejar a la vista los dulces pasteles.

Siempre le ocurría lo mismo. Sentía el olor como una bofetada, algo que hacía que sus pies se moviesen automáticamente hacia aquella esquina. Y luego claro, su estómago empezaba a gritarle que, por favor por favor, se llevase uno a la barriga.

Aquel era su día.

Aprovechó cuando el tendero, un hombre gordo como un tonel, se metió a la trastienda y cogió el primer bollo del mostrador.

¡Relleno de chocolate! ¡El premio gordo!

Se lo llevó a la boca sin perder un segundo. El chocolate, aún caliente, derretido, suave; chocolate con leche y avellanas, atacó su boca y se fundieron en un cálido abrazo.

Sin llegar a salir a la calle se paró a paladearlo, como a él le gustaba: bocaditos pequeños y el centro (lo mejor), para el final.

El golpe le pilló de improviso. Golpe seco y directo al cogote. Ese, el primero. La azotaina vino después. Sobre todo en el culo.

Pero no empezó a llorar hasta que el bollo, lo que quedaba del bollo, el centro (lo mejor), cayó al suelo.

Regalo de bodas

Os deseo camino. Camino sincero, camino recto. Sin atajos ni fronteras. Sin pérdida ni peaje. Camino hecho al andar, al andar juntos, lado a lado, paso a paso.

Os deseo dos corazones, un sólo latir. Dos corazones, un sólo sentir. Diferentes versos con mismo ritmo, misma rima. Vidas propias, compartidas. Siendo individuos que son pareja.

Os deseo hogar de ruido, ruido de vida, de vida nueva y vida vieja. Llanto de niño a medianoche, de risa a mediodía. Ruido de hogar vivo, abierto y limpio.

Os deseo viejitos, arrugados. Puesta de sol en el otoño de la vida. Juntos, viendo las golondrinas volviendo hacia el sur. El final más feliz de cualquier cuento contado.

Os deseo juntos. Siempre juntos. Principio y final de una historia que todos soñaron. Desde hoy y hasta que la noche caiga y se olvide de las estrellas que os juntaron.

Sin miedo a caer

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Niña dulce, de miel de flores, vuela sin miedo. Bajo tus alas moradas, siente como te sustenta el viento. Cae, aunque duela, cae sin miedo. Aunque la cabeza de vueltas y pierdas el horizonte, aunque caigas sin saber dónde.

Muchacha salvaje, de olor a campo, salta sin miedo. Deja que tus zapatitos, zapatitos de ballet, se despeguen del suelo. Que el alto abismo, estómago  de vértigo, sea trampolín a tus sueños.

Joven de mirada profunda, de pies ligeros, zarpa sin miedo. Lejos del camino recto, simple, aburrido, camino insulso. Embiste las rocas, que se te acelere el pulso. Búscate, busca tu camino. Busca y encuentra nuevos sentidos.

Mujer decidida, espíritu alegre, baila sin miedo. Tropiézate mil veces y besa el suelo. Y levántate de nuevo, bailando, riendo; buscando el cielo. Que cada caída te sirva para para reavivar tu fuego.

Tendrás apoyos, parejas de baile. Nuevas bandadas y viejas gaviotas. Unas de vuelo grácil, otras de alas rotas. Busca su calor y suelta lastre, que su aliento te ayude, ponga música al baile.

Y vuela, salta, zarpa, baila. Sin miedo. Abraza ese vértigo, esa caída, que te mantiene alerta, que te mantiene viva. Y disfruta, disfruta volando, y sin miedo a las caídas.

Hija de la selva

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Hija de la selva, mujer de sonrisa Amazonas, de rayo de Luna; tú que bailas de noche con vestido de dudas. Mujer de vaivén, como olas en la playa; tú que plantas secuoyas en el cielo asfaltado de mi ciudad olvidada.

Hija de la selva, de cultura andina, de Chavela Vargas, de terraza en La Latina. Tú que escuchaste mi rabia, puños, patadas. Aún por una noche, una noche estrellada.

Un gesto pequeño, sincero, como tilde olvidada en un largo texto. Acercar tu mano, llamar a mi puerta, regar pequeña semilla en una semana yerma.

Gracias por ese abrazo, de olor a madera, a musgo salvaje. A bosque viejo y a savia nueva. A brisa en los cedros con hojas al viento que, junto al río, bailan riendo.

Espero que hoy, que es un día nuevo, que se acaba tu año viejo, sea un día de sol y de estrellas, de faroles colgados vestidos de fiesta. Que el futuro, tu futuro, sea amanecer en el horizonte, Luna que brilla, sea camino pintado de baldosa amarilla.

Que esa hoja de arce, hoja de roble, esa hoja caduca del calendario, caiga grácil, bailando un tango agarrado. Que alimente tu tierra, tierra negra entre tus dedos, tierra de vida; tierra húmeda por tus lágrimas, ayer de pena, hoy de alegría.

Que como bosque que eres cambies, madures, mudes de hojas, nueva corteza. Que donde había duda, hoy haya certeza. Que bailando junto al río seas feliz, no haya pena alguna, Hija de la selva, mujer de sonrisa Amazonas, de rayo de Luna.

A Neruda

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Amigo Neruda, viejo Neruda, préstame un verso.
Un verso triste, una noche estrellada.
Un verso de lágrimas condenadas.
O un verso alegre, alas de gaviota blanca.
Un verso que vuele sobre el mar en calma.

Amigo Neruda, viejo Neruda, préstame un verso.
Un verso que sacie mi hambre, que de voz a mi canto.
Un verso, de esos tuyos, con la fuerza del llanto.
Un verso que haga llorar a las estrellas del cielo
Llorar lágrimas que amamantan al suelo.

Amigo Neruda, viejo Neruda, préstame un verso.
Una balsa de palabras en un mar embravecido
Un rescate oportuno que llega en mi auxilio
Pan de alma que revive a las musas
Prisma que enfoca ideas difusas.

Amigo Neruda, viejo Neruda, gracias por todo.
Por tu noche estrellada, por tu gaviota en calma.
Por saciar mi hambre, en cuerpo y alma.
Por venir en mi ayuda en aguas extrañas
Por salvarme este día, con tus viejas palabras.

Amigo Neruda, viejo Neruda, gracias de nuevo
Por tus veinte poemas, por tus obras completas
Por estar conmigo en tardes desiertas
Gracias Neruda, viejo Neruda, gracias a ti
Por hacer un principio, de lo que parecía un fin.

Aquella hoja

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Hoja, hoja caduca, hoja sola.
Hoja de nervios y rota.
Hoja suelta al viento frío, salvaje, furioso viento de otoño.
Hoja que cae, que vuela.
Hoja vieja y muerta.
Hoja de calendario añejo, días raídos. Hoja mojada como perro en la lluvia.
Hoja arrancada de diario de amor, rosa desteñido.
Hoja en el charco, en el suelo, en el barro.
Hoja decapitada, rama olvidada.
Hoja, hoja perdida, hoja loca, hoja podada.
Hoja muerta y enterrada.

Océano

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Hoy me he levantado océano, mar en calma, azul profundo. Nube descalza en cielo infinito. He despertado con arena en mis tobillos; arena de playa, de desierto, arena de sueños. De reloj de arena detenido un momento.

Hoy he amanecido en un mundo hueco, vacío, de paredes desnudas. Sin grietas ni manchas. Sin ruido, ni truenos; ni gritos, ni eco. Brisa suave que mece los cedros.

Un día nuevo, estreno mundial. Premier sin ensayos, sin extras ni red. Traedme leones, lanzadme cuchillos; miradme en el ring con mi gancho de izquierdas. Habrá dragones de ojos en llamas, demonios de lengua de plata y tridente invisible.

En carne desnuda, alma expuesta, adiós armadura. Sólo calma, calma vacía, destilada en mil derrotas. Caídas y golpes, corazón remendado con parches de esparto. Llegará la galerna, tormentas de invierno. Leones, cuchillos, dragones en llamas. Aquí os espero, con mi gancho de izquierdas, océano en calma, desierto de arena.

Hoy, hoy me he levantado. Océano en calma, azul profundo, nube descalza.

No

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El No fue rotundo, esférico, casi perfecto. De superficie suave, agradable al tracto. Un No envuelto en papel brillante. Y con lazo de colores. Un regalo hermoso, imposible de rechazar.

Por supuesto que lo esperaba. No era un ataque a traición ni una medida desesperada. Era el final lógico de un camino que nunca empezaba. Una derrota sin batalla, una pasión sin orgasmo. Un abrazo con palmadita en la espalda. Un beso enterrado sin  réquiem.

Sólo una lágrima, la misma lágrima, Guadiana de sentimientos en el ciclo de agua.

Un No final, finado, sin esperanza agónica, sin vuelva usted mañana. Un No claro y conciso, será lo mejor.
Mejor así, sin dudas ni suspiros. Sin más pensamientos de nubes, castillos de arena.

Adiós a aquel beso, muerto al nacer, descanse en paz, no hay velatorio. Queda el tú, queda el yo, jamás hubo un nosotros. Lo sé, lo sabes. El No lo demuestra.

Gracias, muchas gracias. Seguiré mi camino, otro camino. Con zarzas y zanjas, alambre de espino. Reptaré en el barro y treparé mil muros.

Y será mi camino, que nunca fue nuestro. Así te doy gracias, muchas gracias, por aquel No tan rotundo, esférico, casi perfecto. Por aquel No tan honesto.

¿Qué significa un beso?

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¿Qué significa un beso? Entre cero y cien, entre todo y nada. Entre tú y yo, ¿qué significa un beso?

Sigo a la deriva entre el mar de tus labios, perdido, desorientado, confuso. Con los ojos cerrados aún noto tu cálido aliento. Aliento que me pregunta, ¿qué somos?

Me hundo en el recuerdo de tu boca insaciable, de tu lengua traviesa, de tu anhelante hambre. Boca húmeda, boca cálida. Refugio del peregrino tras una larga jornada.

Pero aún me angustia, con su eterna pregunta. Dudas, dudas. Eternas dudas. ¿Qué significa un beso? Entre cero y cien, entre todo y nada. Entre tú y yo, ¿qué significa un beso?

Soy consciente, dolorosamente consciente, de que fue un instante, sólo un instante, un roce, un suspiro. Un ataque relámpago y una retirada a tiempo. Una estrella fugaz en el firmamento. Un solo momento.

No, no me arrepiento. Lo haría una y mil veces. Besaría tu boca, tu piel, tu alma desnuda. Te arrancaría la ropa y te ataría a mi cama.

Así hago castillos de naipes sobre un beso estrellado. Un beso que lo es todo, o que no es nada. Porque no es más que silencio en la montaña, playa baldía, de viento y resaca. No hay castillos, ni arena en la playa.

Y así sigo, preguntando, porque aún no hay respuesta flotando en el viento. ¿Qué significa un beso? Entre cero y cien, entre todo y nada. Entre tú y yo, ¿qué significa un beso?

Agalarda

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El pueblo de Agalarda era un pueblo pequeño, tranquilo. Por eso, la noticia del crimen corrió como la pólvora. En el bar del pueblo, porque sólo había uno, no se hablaba de otra cosa. Entre puros y copas, mientras se reparten las cartas de la baraja. Con lo buena niña que era, ¡y de buena familia!

La gente del pueblo, gente mayor, de arraigadas costumbres, tradicionalistas y de misa los domingos (como debe ser) no daba crédito. Seguro que el párroco le dedicaría su próximo sermón. Pobre alma descarriada. Pero Dios es amor y todo lo perdona. O eso se comentaba en el poyo de granito junto a la puerta de la iglesia.

Las calles, siempre tranquilas salvo los fines de semana, que es cuando asediaban los de la ciudad, se vieron invadidas por Marías y Cármenes en los portales, cuchicheando, comentando en voz baja que cómo había podido ser, que no era propio del pueblo. Así no es como educaban a sus jóvenes. Seguro que había sido influencia de otros, claro, de los de la ciudad.

El rumor continuo, un rurnrún incesante, llegaba a todas partes. Incluso los cipreses del cementerio estaban inquietos. Temblorosos, nerviosos. Se estremecían con cada suspiro de aire.

Las señoras, aquellas demasiado dignas, demasiado señoras, para hablar del tema, se quedaban en sus casas, parapetadas detrás de las cortinas asomadas a sus ventanas. Viendo el cotilleo pasar desde la barrera, pensando para sus adentros que aquello jamás hubiese pasado en su familia.

Por todo eso se tuvo que ir. Maria del Carmen, bautizada así en aquella misma iglesia en honor a sus tías tuvo que huir. Casi con lo puesto, sin poder decir adiós, sin despedirse de aquel su pueblo. Juzgada y condenada por jurado popular. Jueces, jurados y verdugos de un estigma arrojadizo.

Se va, con la cabeza alta. Herida y orgullosa. De dejar atrás cadenas y condenas, miradas disimuladas entre rejillas bordadas en tela. Saetas ardientes arrojadas desde el púlpito, portales que aún huelen a comentarios y sangre. Adiós Agalarda, adiós; dice. Sigue encerrada en tus montañas. Que yo me voy. A ser libre.