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Sus pequeñas manitas parecían unidas al escaparate de tal modo que, para poder llevarse al niño de ahí, habría que sacar el cristal del marco.
Como cada día, pegaba su carita rosada contra el frío cristal de la pastelería en su vuelta del colegio. Tenía que tomar un buen rodeo, pero sin duda merecía la pena.
Su aliento, en aquella fría tarde de otoño, formaba un ligero vaho que tardaba en desaparecer, para, en ese breve momento hasta la siguiente bocanada, dejar a la vista los dulces pasteles.
Siempre le ocurría lo mismo. Sentía el olor como una bofetada, algo que hacía que sus pies se moviesen automáticamente hacia aquella esquina. Y luego claro, su estómago empezaba a gritarle que, por favor por favor, se llevase uno a la barriga.
Aquel era su día.
Aprovechó cuando el tendero, un hombre gordo como un tonel, se metió a la trastienda y cogió el primer bollo del mostrador.
¡Relleno de chocolate! ¡El premio gordo!
Se lo llevó a la boca sin perder un segundo. El chocolate, aún caliente, derretido, suave; chocolate con leche y avellanas, atacó su boca y se fundieron en un cálido abrazo.
Sin llegar a salir a la calle se paró a paladearlo, como a él le gustaba: bocaditos pequeños y el centro (lo mejor), para el final.
El golpe le pilló de improviso. Golpe seco y directo al cogote. Ese, el primero. La azotaina vino después. Sobre todo en el culo.
Pero no empezó a llorar hasta que el bollo, lo que quedaba del bollo, el centro (lo mejor), cayó al suelo.