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Versos con lengua

~ Versos con lengua: poesía que llueve, poesía que crece. Poesía que ama, poesía que duele

Versos con lengua

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Perdido

08 viernes May 2015

Posted by Gorka V. in Poesía, Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Poema, Poesía, Relatos

Cabeza baja. Mentón anclado al pecho. Carcasa vacía donde resuena una canción solitaria. Mascando versos silenciosos, oscuros y amargos como hojas de tabaco. De vez en cuando escupe alguno, rojo sangre, en callejón apartado.

Caminando. Por bosque infinito, mar de calma chicha. Vasto desierto de arena sin dunas, de edificios grises. Gabardina hueca, piernas cansadas. Sin mapa ni rumbo. En espiral infinita que, hipnótica, gira y gira.

Hambriento, sediento. Sin llevarse a la boca más que alarde gastronómico de nueva cocina, escaso bocado que no alimenta ni estómago ni espíritu. Alma de Tántalo, corazón perdido.

Detenerse, abrir la mochila y desplegar el mapa. Brújula y sextante. Verse perdido y lejos del oasis. No, mejor no. Seguir  a ciegas, seguir caminando. Entre selvas, manglares del destino, que nublan el camino con lianas y barro, que distraen con extraños sonidos.

Mejor la duda. Esperanza y fe. Que el tiempo diga si hay una meta, un premio, luz al final del túnel. Mejor la duda que certeza cruel. Perdido por inercia, por miedo. Y aun así, con todo, seguir caminando.

Confesión

10 viernes Abr 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Relatos

Hay ocasiones en las que comenzar por el principio lo complica todo, ¿sabe usted? El orden de las cosas, el habitual, el “adecuado” sólo hace que todo sea más confuso, que la historia se enrede y al final no se entienda nada. En esos momentos es mejor empezar por otro sitio, con un pequeño detalle y luego, a partir de este, ir construyendo el relato como uno mejor puede.

Y creo que esta es una de esas veces. Podría decir muchas cosas sobre mí, sobre cómo llegué a esta situación, pero así se perdería la esencia de lo que quiero contar. Podría empezar también por el final, por el charco de sangre y la pistola humeante, aunque tampoco sea ese el final-final. El final, el de verdad, tal vez seamos nosotros hablando, aquí y ahora. O tal vez sea el final que me espera. No sé.

Empezaré diciendo que la luz del baño dormía tranquila hasta que activé el interruptor. Despierta con el sonido característico de los fluorescentes. Tap-tap. Pausa. Tap-tap-tap. Se enciende con esfuerzo, iluminando la estancia con una luz pálida, cansada. También yo había pasado una mala noche, claro, y eso afectaba al halógeno del baño. No sería coherente con la historia que, después de aquella noche, la luz se encendiese radiante con un brillo alegre ¿no cree?

El espejo, con sus manchas en la piel, devolvía una imagen tan vieja y descolorida que apenas me reconocía. Quien sabe, tal vez ese no era yo. Como si alguien hubiese tomado mi rostro, copiándolo de una descripción pasada de boca a boca. Claro que había un parecido, pero los detalles estaban difuminados, como si se hubiesen olvidado. Era… ¿cómo decirlo? Como si esa mañana me hubiesen dibujado deprisa y corriendo, como si el autor no se hubiese esmerado en el retrato.

Intenté lavarme la cara para salir de aquel embotamiento que había capturado la realidad. Pero claro, el agua salía marrón, haciendo un ruido en las cañerías que hacía temblar las paredes. Hasta yo estaba temblando. Frío, miedo, un vacío interior… ¡qué sé yo!

Así que decidí rendirme. Hice lo único que podía hacer en aquel momento. Lo único que encajaba con el resto del cuadro. Me senté en la cama, una cama áspera, de motel de carretera. Con una manta roja y raída y una mancha de… bueno, mejor no preguntar, ¿no cree? Así que, me senté ahí y me encendí un cigarrillo.

Así, la escena quedaba completa: una habitación en penumbra, iluminada lacónicamente por la luz pálida del baño, una cama vieja y sucia. Y yo, también viejo y sucio, fumando un cigarrillo. Todo encaja, ¿no le parece? Pero falta algo… ¡Ah! Sí. Ruidos en la habitación contigua. Ruidos de… una pareja discutiendo, sí. Creo que eso encaja en lo que quiero contarle.

No sabría decirle cuánto tiempo estuvimos así. Es como un cuadro. No sé si me entiende. Nunca sabes cuándo las figuras van a decidir seguir con sus vidas y salir del marco. No pueden quedarse ahí para siempre, ¿verdad? Y de algún sitio deben de venir.

¿Qué si esto es importante para la historia? Bueno, pues no sé, pero por algún sitio tenía que empezar. Y este es tan buen punto como cualquier otro.

Ahora tengo que ligar esto con otro punto de la historia. Así, con dos puntos, tenemos una línea. Usaré, si no le importa, algo tangible, algo que pueda tocar. Así será más fácil para mí contarlo y, con suerte, para usted entenderlo.

Tomemos esta pistola. Pesada, fría. Dormida. Parece pequeña, inofensiva. Pero ambos sabemos que, con unas leves caricias, crece y se calienta. Un auténtico símbolo fálico, el poder en la palma de la mano.

Pongamos esta pistola en la habitación, sobre la almohada, reposada y relajada, esperando que la coja para cantar su fría balada. ¿He dicho balada? Como bala, claro. Disculpe, no quería sonar cómico, entiendo que este no es el momento para ello.

Así que tenemos una habitación, un hombre fumando y una pistola cargada (porque claramente está cargada) reposando en la almohada. O en la mesilla de noche, si usted cree que va a encajar mejor con lo que le estoy contando.

Creo que le da una fuerza inesperada a la escena. Lo que era una escena tranquila, deprimente, costumbrista, ha adquirido una vertiente agresiva, brutal. Y sólo con ese pequeño elemento reluciente en la habitación.

Supongo que todo esto no le ayuda demasiado, ¿verdad? Yo aquí, hablando de una habitación patética en una mañana amarillenta y descolorida. Aunque, ya sé qué es lo que más le preocupa. El arma humeante y el charco de sangre, ¿no es así?

Pero, entiéndame, es parte de la historia, yo poco puedo hacer ahora. Ya está escrito, como quien dice. Si hubiese algo que pudiese hacer, algo que cambiar, créame que lo haría. Pero el hecho de que estemos los dos aquí, hablando como estamos, indica que ya es tarde.

¿Tiene todo esto algún sentido para usted? Si se lo contase en orden todo sería mucho peor, claro. Pero, contándoselo así la cosa mejora. Lo que me da miedo, realmente me da miedo, es cuando llegue al final (o al principio) de esta historia. Al charco de sangre, a la pistola humeante.

Tal vez, si añadimos un tercer elemento, que de altura al cuadro, sea todo un poco más claro. Pongámosle, por ejemplo, a usted. En esa habitación. Llamó a la puerta sin saber que así entraba en este cuadro.

Así la historia pasa de ser meramente descriptiva a tener acción, un movimiento. Y esto, nos obliga, a tomar una dirección. A tomar un “adelante” y un “atrás”. El mero hecho de que exista una acción fuerza a toda la composición a definirse en el tiempo.

Y era eso lo que quería evitarle. Porque, y créame que lo digo en serio, lamento mucho todo esto. Prefería la historia sin un orden ni acción. Porque, hasta entonces usted está vivo y no en el suelo de una habitación deprimente, tirado junto a una manta roja y raída.

Pero, una vez que la acción comienza todo sucede de golpe. Y luego llega el “bang”, el “oh” ahogado y el “plof” de su cuerpo contra el suelo.

¿Lo ve? Por eso hay ocasiones en las que comenzar por el principio lo complica todo.

Versos con espinas

08 miércoles Abr 2015

Posted by Gorka V. in Poesía, Todos

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Poesía

Este es mi regalo: un ramo de versos. Versos rojos, frescos, recién cortados. Para ti. Para que los degustes uno a uno, llevándotelos a la boca, saboreando sus pétalos y sus tallos. Y también sus espinas.

Los versos, las rosas, la propia vida. Son el rocío de la mañana, el aroma de la tarde. El aleteo de un insecto al anochecer. Un beso fugaz que roza tus labios, dejando el recuerdo de ese breve momento impreso durante años.

Y los momentos duros, cuando el sol quema y la lluvia ahoga. Esos también son versos y rosas y vida. Y cuando el viento sopla, fuerte, tenaz, te tira y te empuja. Insolente, maldito. También es vida.

Pero no te rindes. Y el agua te moja y el sol te seca. Así te nutren, te enseñan. Y así creces, aprendes. Más fuerte, más duro, más dura. Con nuevas cicatrices en las manos y un tallo más recto. Nuevas hojas abiertas a un nuevo cielo.

Y este es mi regalo: un ramo de versos. No versos tristes, ni llanto, ni gritos. Tampoco versos de ensueño, falsos como sonrisas pintadas. Te regalo versos vivos, rojos de pasión, frescos como tu falda en verano. Versos con pétalos y tallos. Pero también con espinas.

Un grito sin palabras

07 martes Abr 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Relatos

La consciencia, herida de muerte, se arrastra por una garganta estrecha y reseca, consiguiendo, tras esfuerzos y derrotas, salir en un grito sin palabras. Un grito herido, sincero, cuarteado como la tierra en agosto. Roto por los bordes. Mal doblado. Un grito náufrago, casi ahogado en un mar inmenso, que se agarra, con la fuerza de la desesperación, a un tronco a la deriva.

Es rabia, rabia pura. Rabia destilada, rabia grave y aguda. Alta, profunda. Es un “¡NO!” es un “¡BASTA!”, un “¡DETENTE!”, una bala. Una explosión de pólvora contenida en un pecho de carne. Encerrada entre costillas y sangre.

Es un grito lejano, sin eco. Apagado por el viento y el ruido de una sociedad de voceros. De plañideras de cartón, de maniquís sin alma ni aliento. Un grito rebelde, alzado ante fusileros. Un grito de color en un mundo en blanco y negro.

Y es por ese mundo, marchito y baldío, al que se le escapan los colores entre sus manos ensangrentadas, como fina arena de playa, es por ese mundo por quien grita, por quien llora. Poblado de caricaturas sin rasgos, planas y angulosas. Pixeladas. Sucias, borrosas.

Harta, la consciencia grita, rebelde y roja, y verde, y azul. Buscando quien la escuche, quien grite con ella. Quien se alce del mundo plano, quien crezca bajo un nuevo sol, quien se quite las ropas de cartón y mire de frente al fusil, que es la mentira.

Y la consciencia se arrastra, reptante, por el oído rebelde. Se hace un hueco, se hace un nido. En la mente, entre pensamientos, entre sentimientos. Va creciendo, se hace fuerte. Adquiere color, calor. Un grito más humano, menos muerto.

Y así, de nuevo sale, gritando al mundo, colándose en nuevos oídos, en corazones abiertos. Que escuchan, que gritan, que rompen el molde oxidado. Que sufren y lloran, que viven y ríen. Así la consciencia crece, se hace fuerte. Explota, y ya no muere.

Shhhhh

02 jueves Abr 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, rel, Relatos

Cuando se apaga la luz llegan los sonidos. Uno a uno, en fila, esperan agazapados a que cierres los ojos, en silencio. El goteo de un grifo, pasos en la escalera, una televisión lejana. Hasta los gritos, rabiosos y amargos, de unos vecinos que se aman, que se odian. Que tan solo se soportan.

Esos sonidos, cautivos durante el día, eclipsados por la luz del sol, salen como aves nocturnas de su sus nidos, de sus profundas madrigueras, de almas solitarias que aúllan a la luna. Primero, se desperezan, estiran sus músculos, calientan sus gargantas haciendo gárgaras melódicas. Se arrullan entre las sábanas comenzando una melodía, una nana que despierta, que adormece, que sube y que baja. Por las escaleras.

Marcan el ritmo los pasos del tercero, un-dos-tres, un nuevo vals comienza su sueño. Una lavadora distante le sigue despacio. Lenta, con carga, bamboleante y pesada. Gira. Gira. Siguiendo los pasos del vals del tercero.

La ciudad duerme, tranquila, más despierta que nunca. Sillas que se arrastran, cansadas, sin poder sentarse, sin poder descansar. Una persiana sube, una persiana baja. Se enrollan cantando, se enrollan cantando, se enrollan cantando. No callan, como la vecina del quinto.

Cuando cierras los ojos, los sonidos te llaman. Te susurran al oído que para ellos es de día y que salen a jugar, que salen a cantar. Su vida es la noche y duermen de día, y te susurran que viven, como cada noche, al acabar el día.

En un rato, esos sonidos se harán tuyos mientras te unes a ellos en su musical harmonía. A la vieja lavadora, al vals del tercero, a la silla cansada y a la pareja amargada, que está haciendo las paces. Te unes a ellos en esta noche dormida. Tu respiración pausada, lenta, tu pecho que sube y que baja, sin escaleras.

El náufrago del alma

19 jueves Mar 2015

Posted by Gorka V. in Poesía, Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Poesía, Relatos

El náufrago del alma estaba solo. En aquella isla plana, sin cocotero ni playa. Sin nadie que hiciese compañía a la soledad de su alma.

No sabía, no importaba, ni el cuándo ni el cómo. Sólo que el silencio de las olas ahogaban el grito de su alma. Alma náufraga, alma sola. Alma cubierta de sal y arena. Alma que se secaba bajo el sol en una isla sin playa.

El náufrago era la isla, esa isla sin playa. Esa isla a la que nadie más llegaba. Había luchado duro, contra la fuerte marea, contra las olas que le empujaban, contra la resaca que tiraba. Había nadado lejos, había construido balsas. Pero tras marea, olas y resaca, la isla regresaba.

A veces pasaban barcos, cargados de gentes extrañas. Y algunos pasajeros saludaban a la isla plana. En contadas ocasiones, algunos desembarcaban, poniendo pie por un tiempo, en la isla sin playa. Daban sombra al alma, que por ese tiempo no se secaba, y bebía de las visitas, saciando su sed solitaria.

En esos momentos la isla crecía, sin cocotero y sin playa, pero en compañía. Parecía que las olas hubiesen cejado en su empeño, de derribar la isla ya acabado el tormento.

Pero el barco volvía, a recoger al viajero, que dejaba la isla sola, sin playa. Sin cocotero. Una vez más solo, el náufrago del alma, se secaba bajo el sol, mientras se le cuarteaba el alma.

Y la marea subía. Y la marea bajaba. Bañando la isla plana, bañando la isla sin playa. Volvería algún visitante, volvería la ola enfadada. Seguiría así el ciclo, en aquella isla sin playa.

Nadie más naufraga, pues no hay arena ni playa. Las olas no devuelven nada, las olas todo se tragan. Y en la negrura del océano, sigue flotando ese alma. Esa isla plana. Esa isla sin playa.

Papel en blanco

17 martes Mar 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Relatos

Miraba el papel en blanco como quien mira un abismo ante sus pies. Que dando un solo paso al frente se podría sumergir para siempre en la inmensa negrura del vacío, en la cálida noche eterna.

Miraba el papel en blanco con el anhelo de quien tiene algo que decir, algo que contar. Alguien que busca las palabras en el desierto de su alma, con la tenue esperanza de que el rocío amargo de la desesperación haya hecho florecer un grito de auxilio.

Miraba el papel en blanco con rabia y deseo, con dolor y añoranza. Esperando, deseando, poder deslizar su pluma, su lápiz, su mano temblorosa, sobre esa cálida sábana inmaculada y poder plasmar su angustia, su ira, su soledad y su miedo.

Miraba el papel en blanco con la esperanza de que fuese firme, resistente, que pudiese recoger sus lágrimas sin romperse, sus gritos sin quebrarse. Que pudiese apuñalarlo furiosamente con su bolígrafo sin atravesarlo.

Miraba el papel en blanco con el deseo de que éste le devolviese la mirada. Que ese lienzo pudiese captar lo que en él habitaba, robándole la oscuridad de su mente, de su alma. Para que la soledad ya no fuese sólo suya, sino compartida. Porque la soledad está menos sola cuando es nuestra y no mía.

Y entonces ocurrió, y el papel ya no fue blanco. Las palabras se derramaban como lágrimas de tinta, formando gritos y rabia, torbellinos de furia desatada. Su alma, todo su ser, caía sobre aquel papel que había sido blanco. Ensuciando su blancura de dolor y angustia.

Y, mientras el papel sangraba tinta de sufrimientos y pérdidas, de una soledad profunda y eterna, él se había vaciado de todo. Se encontraba como un papel en blanco, ansioso por ser escrito.

Lo haría con esperanza y buena letra, con una cuidada caligrafía orgullosa y alegre, sin miedo a los puntos, a las comas y al dolor. Porque eso es la vida y sólo nosotros decidimos como escribirla. Y siempre, cada día, podemos deshacernos del sucio borrador del ayer y empezar a escribir de nuevo.

Miraba el papel en blanco. Empezó e nuevo. Con esperanza y buena letra. En un nuevo papel en blanco.

La chica de las uñas rosas

13 viernes Mar 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Cuentos, Microcuentos, Relatos

¿Os he hablado alguna vez de la chica de las uñas rosas? No, seguro que no. Me acordaría. Es una de esas historias que sólo cuentas una vez, con voz pausada y casi en un susurro. Casi con miedo a que se rompa.

Lo que más llamaba la atención de ella eran sus uñas, claro. Pintadas de un color rosa claro. Ni muy chillón ni demasiado apagado. Un rosa neutro. Un rosa que recordaba a un atardecer en el Mediterráneo. O a un chicle debajo de un viejo pupitre de tercero de la ESO pegado durante un recreo de juventud.

Pero lo curioso, lo que realmente llamaba la atención, es que nunca se pintaba todas. A veces sólo las de una mano. Otras, de forma alterna. Una sí, una no, una sí, una no. Así hasta completar ambas manos. En otras ocasiones se pintaba tres y dejaba el resto. Dependía de su humor. Cuando te fijabas quedaba claro que era una persona peculiar. Que era capaz de levantarse de la cama y decir “hoy es un día de meñiques y pulgares”.

La primera vez que me fijé en ella estaba sentada en un pequeño café. Tamborileando con sus finos dedos (algunas uñas pintadas, otras no) sobre la mesa de mármol mientras su mano derecha sostenía un lápiz en un gesto descuidado hasta el detalle. Una postura entre soñadora y perdida. Parecía no saber si girar o seguir adelante, si dar un paso atrás o dos hacia el frente, si levantarse o volar. Si seguir soñando o simplemente perderse en los sueños ajenos.

Cuando se ponía a escribir, siempre en papel, en su pequeña libretita azul, sus dedos parecían trazar líneas invisibles acompañando al recorrido del lápiz. Unas líneas rosas o unas líneas claras. Danzando sobre el papel. Dibujando ríos rosas invisibles que acompañaban el cauce de sus palabras.

Una mano tamborileaba en la mesa. La otra bailaba en el papel. Si una aumentaba el ritmo, la otra le seguía al compás. Siempre al unísono. Unas uñas pintadas. Otras no.

Escribía según su ánimo, por supuesto. Dependía de si aquel era un día de meñiques y pulgares o si era un día especial en el que se pintaba de rosa el corazón. Días alegres algunos, días pintados de rosa. Días tristes otros, donde el color no encontraba las fuerzas de invadir sus uñas.

Cuando llegaba una mala racha, sus uñas iban perdiendo el color. Poco a poco, día a día, dedo a dedo. Casi a punto de desaparecer. Sólo el meñique de su mano derecha resistía a la depresión que había acabado con sus compañeros. Pequeño pero tenaz.

En esos días sus manos marcaban un ritmo lento, casi fúnebre, sobre la mesa del café. Su mano izquierda, lentamente, cantaba un tap-tap cargado de melancolía. Un blues que había perdido el rosa. Mientras tanto, su mano derecha se esforzaba por encontrar un camino entre un bosque de palabras. En continuar su danza en un mar de dudas. Como arrastrando los pies, aún bailaba, con la fuerza del último meñique vestido de rosa en una pista de baile en blanco y negro.

Esos días parecían haber perdido el color. En las calles, en las casas, en aquel pequeño café, en las uñas de sus dedos.

Creo que fue un martes. Sí, estoy casi seguro. Me acuerdo porque los martes tienen esa costumbre de seguir a los lunes, como un acosador en una calle oscura. Aunque, como no hay a quien le gusten los lunes, parece que a nadie le importe.

Cuando entré al café casi lo paso por alto. El tap-tap seguía siendo gris. Un maullido de gato en una calle de París. Un jubilado arrastrando el alma y las zapatillas de estar en casa. Pero había algo oculto, una mota de color. Un contrapunto rosa en un mundo deprimido. En las profundidades del mar, donde casi no llega la luz y se pierden los colores aún quedaba esperanza. Una esperanza rosa. Una uña del índice de la mano izquierda.

La danza de sus manos aún era lenta y profunda. Sus pies aún estaban en el barro de la soledad, donde bailar te cuesta el alma. Pero se veía esperanza. Como una rosa que germina en un terreno abonado. Primero crece una sombra, poco a poco. Aún tardará en alcanzar el cielo y abrazar al sol y devorar su calor y volver el mundo de color de rosa.

Aún quedaba camino para sus manos, aún quedaban uñas por conquistar. Día a día, dedo a dedo. Ganando el color la batalla de sus manos. El rosa volvía a su vida, día a día, dedo a dedo. A sus manos finas.

La última vez que la vi, era un viernes. Es fácil acordarte de los viernes, con sus vestidos de flores y sus zapatos de vivos colores. Los viernes siempre son una joven en primavera. Todo por vivir y disfrutar. Con ganas de bailar. De perderse en sueños propios y ajenos, de dar dos pasos al frente, de girar y girar y seguir recto. Los viernes son un caos, como pintarse algunas uñas y no todas de color rosa.

Aquel viernes ella llegó tarde. Creo que era la primera vez que eso ocurría. Siempre era ella la que llegaba antes. Luego llegaba yo, me pedía un café y me perdía en mis pensamientos, acompañado de su tap-tap y de su danza en la mesa. Cuando me iba, ella todavía seguía allí, con el lápiz en la mano sobre su libretita azul. Con aquel gesto descuidado hasta el detalle.

Por eso me extrañó no encontrármela allí. Quise preguntar al camarero por ella, pero temía que me mirase raro, como a un martes que estuviese siguiendo a un lunes. Así que me senté, pedí mi café y esperé.

Tengo que reconocer que estaba nervioso. Sin darme cuenta, mis dedos tamborileaban sobre la mesa, con un tap-tap sin ritmo, una pálida copia de la música color de rosa que a esas horas solía llenar el café.

A punto estaba de irme cuando entró ella. Con todas sus uñas pintadas. Todas salvo el corazón de su mano izquierda. Hoy debía de ser un día importante.

Se sentó en su mesa, en la mesa de siempre. Sacó su libretita azul y su lápiz. Cuando llegó su café ya estaba tamborileando con la mano izquierda mientras su derecha soñaba libre sobre las páginas en blanco, derramando su tinta, esculpiendo palabras.

El ritmo era rápido a veces, con contrapuntos calmos y serenos, creando una armonía nueva en ella. Ya no había melancolía ni un blues sin rosa. Ya no arrastraba los pies por la sala de baile, por el barro de la vida. La rosa crecía hermosa devorando el sol y su calor, brillando con el mismo color que inundaba sus dedos.

Cuando la música de sus manos terminó, la calma llenaba el café. No había ni un murmullo de conversaciones, ni cucharillas tintineando contra las tazas. Mucho menos ese horrible rugido de la cafetera que, enfadada con el mundo, escupía de sus entrañas el café más negro del mundo.

Claro que seguía habiendo gente, que enfrascada en su mundo, un mundo sin uñas de color de rosa, seguían con sus conversaciones. Con sus cucharillas y sus tazas. Con su cafetera de alma bruñida. Pero esa era otra realidad. En nuestra realidad, en la realidad de la chica de las uñas de rosa y ahora mía, eso ya no existía.

Sólo había calma. La calma que fluye después de un vals, después de un tango de un color rosa intenso casi rojo. De bailar con pies ágiles en una pista de baile del mismo mármol que la mesa del café.

Sus manos riendo habían bailado, habían escrito mundos bañados por la luz rosa de sus dedos.

Tranquila, buscó algo en su bolso. Sacó un frasquito que depositó suavemente en la mesa. Un pequeño pincel, untado con la savia rosa del árbol de su vida, se deslizó suave, despacio por su corazón de su mano izquierda. Una, dos, tres veces.

Sopló brevemente en su última uña. Su nuevo corazón brillaba con sus zapatos nuevos, con su rosa reluciente a un sol cálido y  amable. Reposó las manos en la mesa. Sus uñas, de la primera a la última, estaban todas vestidas de fiesta.

Tamborileó sus dedos por última vez. Un río rosa fluyó por la mesa del café, llevándose para siempre momentos amargos, momentos de blues y de barro, momentos de lágrimas escritas sobre la mesa de mármol.

Ya no estaba perdida ni temía perderse. Y así salió del café y de mi vida. Con todas sus uñas pintada de rosa. Con sus pies ligeros bailando al compás de un tap-tap alegre y colorido. Vestida de viernes. Sin martes a la vista.

Así salió del café y de mi vida. Con todas sus uñas pintada de rosa.

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