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“¡Traga! ¡Traga! ¡Traga!”
Las voces se fueron fundiendo en un sonido homogéneo, neutro, cada vez más lento y apagado. Como radio de pilas gastadas. Un sonido de una tonalidad gris, opaca, que parecía afectar a toda su realidad.
Las figuras que le rodeaban se iban haciendo cada vez más difusas, más etéreas, más… grises. Sus bocas ya no estaban sincronizadas con los gritos y parecían moverse por voluntad propia. Sus sonrisas, muecas rasgadas de burla, aplaudían a la masa.
El mundo se vio reducido a la botella que tenía en la mano. Fría y húmeda, su solidez era lo único que parecía mantenerse firme en aquel mundo. Sus manos apenas abarcaban la circunferencia de aquella cerveza dejando claro que, o aquella era muy grande o este muy pequeño.
Pero las voces seguían gritando. Aunque ya no podía oír lo que decían, el mensaje estaba claro. Poco a poco, casi resistiéndose a un avance inevitable, la botella se fue acercando a su boca. El olor, aquel olor amargo, agrio, claramente desagradable, fue el primero en llegar.
Años después recordaría, con cierta nostalgia, cómo llego a pensar: “los adultos son idiotas”.
Pero la botella seguía avanzando, al ritmo de voces sin palabras, en aquel día gris de patio de colegio.
El primer trago, que fue el último trago, fue amargo, agrio, claramente desagradable. Una bebida, gris, opaca. Como toda su realidad.
Pero había pasado la prueba. Ya era uno de ellos. Un adulto, todo un hombre. Macho en la tribu del patio del colegio.
Al menos hasta las arcadas.
Todo lo gris que había tragado, aquel líquido absorbente del color, fue subiendo de nuevo por su garganta. El sabor, ahora de bilis, endulzó su paladar. Expulsó la cerveza, la bilis y a sus compañeros. Vómito amargo, agrio, claramente desagradable. Pero dejaba detrás una sensación dulce en el paladar.
El color fue volviendo a sus ojos. El sonido fue adquiriendo sentido. Las figuras, antes borrosas se fueron haciendo nítidas, sus burlas, cada vez más claras. También sus voces, voces crueles de palabras hirientes, fueron llegando a sus oídos.
Cuando su estómago, por fín, le dio tregua se incorporó. Firme, espalda recta y hombros atrás, como le decía su padre.
Las voces, las formas, el olor a cerveza rancia y a bilis. Todo tenía un nuevo color, menos gris, más real. Habría perdido a su tribu de patio de colegio pero, tal vez, la prueba fuera esa.