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Versos con lengua

~ Versos con lengua: poesía que llueve, poesía que crece. Poesía que ama, poesía que duele

Versos con lengua

Archivos mensuales: septiembre 2015

Ejercicio 3: TIERRA NEGRA

23 miércoles Sep 2015

Posted by Gorka V. in Ejercicios, Relatos, Todos

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Cuentos, Despedida, Ejercicios, Microcuentos, Relatos, Soledad

Ella no miraba sus zapatitos nuevos, negros, de charol reluciente. Sólo la mancha de barro marrón en la puntera del pie izquierdo, único recuerdo de aquella mañana jugando con las hormigas en el patio trasero. Sus pies se balanceaban levemente en la silla. Adelante, atrás, adelante, atrás. Los dos juntos, como en el columpio. Todo al ritmo de la voz monótona del cura.

Él no escuchaba nada. Ni el viento sacudiendo los cipreses, ni la voz que hablaba de cañadas oscuras y varas y cayados. En aquel cementerio, anejo a la vieja iglesia, sólo veía la tierra oscura tragando lentamente el oscuro féretro. De negro lacado, brillante al sol lánguido de la tarde.

Se intentó alisar una arruga de su falda. Papá nunca se fijaba en esas cosas. A veces salía a trabajar con una camisa sin planchar si no se le decía nada. Nunca se fijaba en esas cosas. Pero no quería decirle nada. Llevaba todo el día sin decir nada. Notaba, dentro de ella, que no era el momento adecuado, como si fuese a romper algo preciado. Así que esperaba.

No aguantaba mantener la mirada sobre la mole de madera. A pesar de ello, lo siguió haciendo un rato. Guardando, como un tesoro, esa opresión en el pecho. Al final, después de unos minutos, u horas, o días, giró la cabeza, levemente. Y vio la mano de su hija, muy blanca sobre la falda negra. A cien kilómetros de distancia.

Vio a Papá apartar la mirada, justo cuando ella miró a sus ojos. Traje negro, corbata negra, camisa arrugada. Intentó adoptar la misma postura. Mano sobre mano, espalda recta, mirada al frente. El cura seguía hablando, hablando, hablando.

Era el mismo que le había casado, hace mil años. Mismo cura, misma iglesia, distinto camposanto. La sombra de los cipreses había cambiado. Más alargada, más profunda, más negra. Polvo al polvo. Le sudaban las manos, le pesaba la chaqueta, le agobiaba la corbata. Ceniza a las cenizas.

Cada vez había menos luz, y las sombras se alargaban. Despacio, desde los altos árboles hacia donde estaban sentados. Los zapatitos nuevos, negros, de charol reluciente, cada vez relucían menos. Sus pies, adelante, atrás, cada vez más lentos. Su padre, Papá, cada vez más lejos.

Se levantó, despacio. Tenía que levantarse él, con su chaqueta, con su corbata, con el peso del mundo. Apenas respiraba. Todas sus energías se centraban en coger un puñado de tierra, húmeda, oscura, pesada y muerta y lanzarla sobre el ataúd. Húmedo, oscuro, pesado y muerto.

Después de Papá fue ella, tal como le habían dicho. Cogió un puñado de tierra. Como la que había en el patio trasero. La sentía húmeda y fría y se le caía entre los dedos. Pequeñas hormigas le hacían cosquillas en las manos. Se acercó al abismo, sin atreverse a mirar dentro, y soltó la tierra.

Subió a la tarima, ajustándose las mangas de la camisa. Luego se llevó la mano al nudo de la corbata. Palabras vacías que no hacían justicia ni al recuerdo más vacío. Miraba al frente, a un metro sobre las cabezas. Impasible, monótono. Vacío. Sin poder enfrentar las miradas de la gente.

Papá hablaba. Despacio. Ella se fijó en sus manos. Manos grandes, con vello. Un único anillo en la mano izquierda. Aún le quedaban restos de tierra en las puntas de los dedos cuando se estiró la manga de su camisa, debajo del traje, dejando una huella marrón en el puño izquierdo.

Bajó del atril, para volver a sentarse. Intentó evitarlo, pero terminó cruzando su mirada con la pequeña. Sus mismos ojos, su misma mirada. Mientras tanto, algunas personas más habían subido, seguían hablando, hablando, hablando. Palabras vacías.

Vio cómo se sentaba, a escasos centímetros, a varios metros. A cien kilómetros de distancia. Volvió a poner sus manos juntas, sobre su falda plisada. Le habían preguntado si quería decir algo, pero no se atrevía.

Había tenido que elegir la caja, las flores, el cura. Elegir el traje negro y la corbata negra. Elegir las palabras que tendría que decir. Pero no había elegido elegir. Sólo quería irse a casa, alargar la mano y decir “vámonos”. Elegir no elegir.

Veía como la gente se les acercaba. Le daban un abrazo, o un beso en la frente. Gente que no conocía de nada le deba ánimos. Ella quería hacer como Papá, darles la mano como los adultos, pero aún tenía sus manos con tierra.

Se despidió de parientes, familiares, conocidos y amigos. Gente extraña con la que no quería, o no podía, estar ahora. Abrazos, besos, apretones de manos. Vacíos. Despedidas alargadas como sombras de cipreses por la tarde.

-Vámonos- Dijo alargando su mano, aún con tierra.
Y una pequeña hormiga cambió de brazo.

Tal día como ayer

16 miércoles Sep 2015

Posted by Gorka V. in Relatos, Todos

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Microcuentos, Relatos

Olía a calle mojada, a tráfico infartado, a hoja marrón de platanero. El cielo, gris, pesado, asfaltado de nubes. Y mientras, los edificios, con sus caras mojadas, abrían ventanas al otoño.

Martes, quince de septiembre, azul de calendario. Suspiro, bocanada amplia de aire fresco, de aire limpio, aire puro. Homenaje al Norte en Madrid Capital.

Día de copa de vino, comida pesada, patxarán al postre. Y pasear; pasear toda la tarde al compás de las farolas.

Ejercicio 2

14 lunes Sep 2015

Posted by Gorka V. in Ejercicios, Relatos, Todos

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Cuentos, Ejercicios, Microcuentos

“¡Traga! ¡Traga! ¡Traga!”

Las voces se fueron fundiendo en un sonido homogéneo, neutro, cada vez más lento y apagado. Como radio de pilas gastadas. Un sonido de una tonalidad gris, opaca, que parecía afectar a toda su realidad.

Las figuras que le rodeaban se iban haciendo cada vez más difusas, más etéreas, más… grises. Sus bocas ya no estaban sincronizadas con los gritos y parecían moverse por voluntad propia. Sus sonrisas, muecas rasgadas de burla, aplaudían a la masa.

El mundo se vio reducido a la botella que tenía en la mano. Fría y húmeda, su solidez era lo único que parecía mantenerse firme en aquel mundo. Sus manos apenas abarcaban la circunferencia de aquella cerveza dejando claro que, o aquella era muy grande o este muy pequeño.

Pero las voces seguían gritando. Aunque ya no podía oír lo que decían, el mensaje estaba claro. Poco a poco, casi resistiéndose a un avance inevitable, la botella se fue acercando a su boca. El olor, aquel olor amargo, agrio, claramente desagradable, fue el primero en llegar.

Años después recordaría, con cierta nostalgia, cómo llego a pensar: “los adultos son idiotas”.

Pero la botella seguía avanzando, al ritmo de voces sin palabras, en aquel día gris de patio de colegio.

El primer trago, que fue el último trago, fue amargo, agrio, claramente desagradable. Una bebida, gris, opaca. Como toda su realidad.

Pero había pasado la prueba. Ya era uno de ellos. Un adulto, todo un hombre. Macho en la tribu del patio del colegio.

Al menos hasta las arcadas.

Todo lo gris que había tragado, aquel líquido absorbente del color, fue subiendo de nuevo por su garganta. El sabor, ahora de bilis, endulzó su paladar. Expulsó la cerveza, la bilis y a sus compañeros. Vómito amargo, agrio, claramente desagradable. Pero dejaba detrás una sensación dulce en el paladar.

El color fue volviendo a sus ojos. El sonido fue adquiriendo sentido. Las figuras, antes borrosas se fueron haciendo nítidas, sus burlas, cada vez más claras. También sus voces, voces crueles de palabras hirientes, fueron llegando a sus oídos.

Cuando su estómago, por fín, le dio tregua se incorporó. Firme, espalda recta y hombros atrás, como le decía su padre.

Las voces, las formas, el olor a cerveza rancia y a bilis. Todo tenía un nuevo color, menos gris, más real. Habría perdido a su tribu de patio de colegio pero, tal vez, la prueba fuera esa.

Ejercicio 1

09 miércoles Sep 2015

Posted by Gorka V. in Ejercicios, Relatos, Todos

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Cuentos, Ejercicios, Microcuentos, Relatos

Sus pequeñas manitas parecían unidas al escaparate de tal modo que, para poder llevarse al niño de ahí, habría que sacar el cristal del marco.

Como cada día, pegaba su carita rosada contra el frío cristal de la pastelería en su vuelta del colegio. Tenía que tomar un buen rodeo, pero sin duda merecía la pena.

Su aliento, en aquella fría tarde de otoño, formaba un ligero vaho que tardaba en desaparecer, para, en ese breve momento hasta la siguiente bocanada, dejar a la vista los dulces pasteles.

Siempre le ocurría lo mismo. Sentía el olor como una bofetada, algo que hacía que sus pies se moviesen automáticamente hacia aquella esquina. Y luego claro, su estómago empezaba a gritarle que, por favor por favor, se llevase uno a la barriga.

Aquel era su día.

Aprovechó cuando el tendero, un hombre gordo como un tonel, se metió a la trastienda y cogió el primer bollo del mostrador.

¡Relleno de chocolate! ¡El premio gordo!

Se lo llevó a la boca sin perder un segundo. El chocolate, aún caliente, derretido, suave; chocolate con leche y avellanas, atacó su boca y se fundieron en un cálido abrazo.

Sin llegar a salir a la calle se paró a paladearlo, como a él le gustaba: bocaditos pequeños y el centro (lo mejor), para el final.

El golpe le pilló de improviso. Golpe seco y directo al cogote. Ese, el primero. La azotaina vino después. Sobre todo en el culo.

Pero no empezó a llorar hasta que el bollo, lo que quedaba del bollo, el centro (lo mejor), cayó al suelo.

Regalo de bodas

05 sábado Sep 2015

Posted by Gorka V. in Todos

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Os deseo camino. Camino sincero, camino recto. Sin atajos ni fronteras. Sin pérdida ni peaje. Camino hecho al andar, al andar juntos, lado a lado, paso a paso.

Os deseo dos corazones, un sólo latir. Dos corazones, un sólo sentir. Diferentes versos con mismo ritmo, misma rima. Vidas propias, compartidas. Siendo individuos que son pareja.

Os deseo hogar de ruido, ruido de vida, de vida nueva y vida vieja. Llanto de niño a medianoche, de risa a mediodía. Ruido de hogar vivo, abierto y limpio.

Os deseo viejitos, arrugados. Puesta de sol en el otoño de la vida. Juntos, viendo las golondrinas volviendo hacia el sur. El final más feliz de cualquier cuento contado.

Os deseo juntos. Siempre juntos. Principio y final de una historia que todos soñaron. Desde hoy y hasta que la noche caiga y se olvide de las estrellas que os juntaron.

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