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El pueblo de Agalarda era un pueblo pequeño, tranquilo. Por eso, la noticia del crimen corrió como la pólvora. En el bar del pueblo, porque sólo había uno, no se hablaba de otra cosa. Entre puros y copas, mientras se reparten las cartas de la baraja. Con lo buena niña que era, ¡y de buena familia!

La gente del pueblo, gente mayor, de arraigadas costumbres, tradicionalistas y de misa los domingos (como debe ser) no daba crédito. Seguro que el párroco le dedicaría su próximo sermón. Pobre alma descarriada. Pero Dios es amor y todo lo perdona. O eso se comentaba en el poyo de granito junto a la puerta de la iglesia.

Las calles, siempre tranquilas salvo los fines de semana, que es cuando asediaban los de la ciudad, se vieron invadidas por Marías y Cármenes en los portales, cuchicheando, comentando en voz baja que cómo había podido ser, que no era propio del pueblo. Así no es como educaban a sus jóvenes. Seguro que había sido influencia de otros, claro, de los de la ciudad.

El rumor continuo, un rurnrún incesante, llegaba a todas partes. Incluso los cipreses del cementerio estaban inquietos. Temblorosos, nerviosos. Se estremecían con cada suspiro de aire.

Las señoras, aquellas demasiado dignas, demasiado señoras, para hablar del tema, se quedaban en sus casas, parapetadas detrás de las cortinas asomadas a sus ventanas. Viendo el cotilleo pasar desde la barrera, pensando para sus adentros que aquello jamás hubiese pasado en su familia.

Por todo eso se tuvo que ir. Maria del Carmen, bautizada así en aquella misma iglesia en honor a sus tías tuvo que huir. Casi con lo puesto, sin poder decir adiós, sin despedirse de aquel su pueblo. Juzgada y condenada por jurado popular. Jueces, jurados y verdugos de un estigma arrojadizo.

Se va, con la cabeza alta. Herida y orgullosa. De dejar atrás cadenas y condenas, miradas disimuladas entre rejillas bordadas en tela. Saetas ardientes arrojadas desde el púlpito, portales que aún huelen a comentarios y sangre. Adiós Agalarda, adiós; dice. Sigue encerrada en tus montañas. Que yo me voy. A ser libre.