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Sus problemas eran una pelotita arrugada del tamaño de un puño. Vale que no eran los más grandes, ni los más pesados. Probablemente estaban por debajo de la media. Algunos incluso dirían que no eran problemas en absoluto.

Pero claro, para él, eran los problemas más importantes del mundo. Al fin y al cabo, aquellos eran SUS problemas.

Otros venían con sus losas de mármol, sus grilletes de acero o sus sacos de lastre. Y claro, él tenía que poner buena cara, dar ánimos y palmaditas en la espalda. Qué iba a hacer si él sólo tenía una pelotita del tamaño de un puño.

Hubiese sido ridículo quejarse por ello. Así que lo iba dejando pasar, poco a poco. Siempre había alguien con problemas más grandes, más pesados.

No, esta historia no va de como la pelotita se iba habiendo cada vez más grande, más pesada. No te hagas el listillo. La pelotita seguía igual, sin ser la más grande, ni la más pesada. De hecho, le prestaba tan poca atención que llegó a olvidar de qué estaba hecha.

Todos conocían al detalle sus losas de mármol, sus grilletes de acero y sus sacos de lastre. No hablaban de otra cosa. Y él poniendo buena cara, dando ánimos y palmaditas en la espalda.

Y su pelotita, que no interesaba a nadie, ahí seguía. Casi olvidada.
Un día, casi se podía decir que por aburrimiento, se atrevió a abrirla. A ver de qué estaba hecha.

Un papel en blanco. Nada más. Su único problema era no poder compartirlo.