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No, me niego. Me aferro al rotundo rechazo a aceptar que te has ido. Que no volverás. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. No voy a soltar tu recuerdo, que agarro con ambas manos, con fuerza, con toda mi fuerza, dejando los nudillos en blanco.
No voy a dejar que te vayas, que te diluyas, que te borres de la realidad de la vida. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Aunque no estés, aquí sigues, aunque no vuelvas, no te has ido. No si aún te recuerdo.
Recuerdos profundos, extensos. Recuerdos que abarcan planetas y estrellas, el universo entero. Recuerdos como océanos sin límite que caben en la palma de mi mano y que son frágiles y ligeros, que son plumas al viento.
Recuerdos que nos hacen grandes aunque seamos pequeños. Amenazados, día a día, con la sombra del olvido. A eso me niego, a perder lo que aún eres. El recuerdo más grande del mundo.
Sí, acepto, sumiso, vencido por la dura evidencia del final de la vida que tu cuerpo ya se ha ido como arena en el desierto. Polvo al polvo, viento al viento. Cenizas consumidas en el volcán de la vida.
Pero no, tu recuerdo no. Nunca. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Hermoso regalo que me dejas, herencia sin precio ni lazo. Un vasto jardín de flores. Y prometo regarlo, como hiciste tú, cada día. Con el mismo cariño, el mismo amor. Con la misma vida.
Acabo de leer tu texto. No solo me gusta sino que, además, comparto y me identifico con el modo que tienes de mostrar lo que sientes. Dicen que las personas mueren cuando dejas de hablar de ellas. La persona que más amo, y digo amo, en tiempo presente porque es un modo de hacerla presente en mi vida, sigue conmigo todos los días, sin faltar uno.
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