Hay ocasiones en las que comenzar por el principio lo complica todo, ¿sabe usted? El orden de las cosas, el habitual, el “adecuado” sólo hace que todo sea más confuso, que la historia se enrede y al final no se entienda nada. En esos momentos es mejor empezar por otro sitio, con un pequeño detalle y luego, a partir de este, ir construyendo el relato como uno mejor puede.
Y creo que esta es una de esas veces. Podría decir muchas cosas sobre mí, sobre cómo llegué a esta situación, pero así se perdería la esencia de lo que quiero contar. Podría empezar también por el final, por el charco de sangre y la pistola humeante, aunque tampoco sea ese el final-final. El final, el de verdad, tal vez seamos nosotros hablando, aquí y ahora. O tal vez sea el final que me espera. No sé.
Empezaré diciendo que la luz del baño dormía tranquila hasta que activé el interruptor. Despierta con el sonido característico de los fluorescentes. Tap-tap. Pausa. Tap-tap-tap. Se enciende con esfuerzo, iluminando la estancia con una luz pálida, cansada. También yo había pasado una mala noche, claro, y eso afectaba al halógeno del baño. No sería coherente con la historia que, después de aquella noche, la luz se encendiese radiante con un brillo alegre ¿no cree?
El espejo, con sus manchas en la piel, devolvía una imagen tan vieja y descolorida que apenas me reconocía. Quien sabe, tal vez ese no era yo. Como si alguien hubiese tomado mi rostro, copiándolo de una descripción pasada de boca a boca. Claro que había un parecido, pero los detalles estaban difuminados, como si se hubiesen olvidado. Era… ¿cómo decirlo? Como si esa mañana me hubiesen dibujado deprisa y corriendo, como si el autor no se hubiese esmerado en el retrato.
Intenté lavarme la cara para salir de aquel embotamiento que había capturado la realidad. Pero claro, el agua salía marrón, haciendo un ruido en las cañerías que hacía temblar las paredes. Hasta yo estaba temblando. Frío, miedo, un vacío interior… ¡qué sé yo!
Así que decidí rendirme. Hice lo único que podía hacer en aquel momento. Lo único que encajaba con el resto del cuadro. Me senté en la cama, una cama áspera, de motel de carretera. Con una manta roja y raída y una mancha de… bueno, mejor no preguntar, ¿no cree? Así que, me senté ahí y me encendí un cigarrillo.
Así, la escena quedaba completa: una habitación en penumbra, iluminada lacónicamente por la luz pálida del baño, una cama vieja y sucia. Y yo, también viejo y sucio, fumando un cigarrillo. Todo encaja, ¿no le parece? Pero falta algo… ¡Ah! Sí. Ruidos en la habitación contigua. Ruidos de… una pareja discutiendo, sí. Creo que eso encaja en lo que quiero contarle.
No sabría decirle cuánto tiempo estuvimos así. Es como un cuadro. No sé si me entiende. Nunca sabes cuándo las figuras van a decidir seguir con sus vidas y salir del marco. No pueden quedarse ahí para siempre, ¿verdad? Y de algún sitio deben de venir.
¿Qué si esto es importante para la historia? Bueno, pues no sé, pero por algún sitio tenía que empezar. Y este es tan buen punto como cualquier otro.
Ahora tengo que ligar esto con otro punto de la historia. Así, con dos puntos, tenemos una línea. Usaré, si no le importa, algo tangible, algo que pueda tocar. Así será más fácil para mí contarlo y, con suerte, para usted entenderlo.
Tomemos esta pistola. Pesada, fría. Dormida. Parece pequeña, inofensiva. Pero ambos sabemos que, con unas leves caricias, crece y se calienta. Un auténtico símbolo fálico, el poder en la palma de la mano.
Pongamos esta pistola en la habitación, sobre la almohada, reposada y relajada, esperando que la coja para cantar su fría balada. ¿He dicho balada? Como bala, claro. Disculpe, no quería sonar cómico, entiendo que este no es el momento para ello.
Así que tenemos una habitación, un hombre fumando y una pistola cargada (porque claramente está cargada) reposando en la almohada. O en la mesilla de noche, si usted cree que va a encajar mejor con lo que le estoy contando.
Creo que le da una fuerza inesperada a la escena. Lo que era una escena tranquila, deprimente, costumbrista, ha adquirido una vertiente agresiva, brutal. Y sólo con ese pequeño elemento reluciente en la habitación.
Supongo que todo esto no le ayuda demasiado, ¿verdad? Yo aquí, hablando de una habitación patética en una mañana amarillenta y descolorida. Aunque, ya sé qué es lo que más le preocupa. El arma humeante y el charco de sangre, ¿no es así?
Pero, entiéndame, es parte de la historia, yo poco puedo hacer ahora. Ya está escrito, como quien dice. Si hubiese algo que pudiese hacer, algo que cambiar, créame que lo haría. Pero el hecho de que estemos los dos aquí, hablando como estamos, indica que ya es tarde.
¿Tiene todo esto algún sentido para usted? Si se lo contase en orden todo sería mucho peor, claro. Pero, contándoselo así la cosa mejora. Lo que me da miedo, realmente me da miedo, es cuando llegue al final (o al principio) de esta historia. Al charco de sangre, a la pistola humeante.
Tal vez, si añadimos un tercer elemento, que de altura al cuadro, sea todo un poco más claro. Pongámosle, por ejemplo, a usted. En esa habitación. Llamó a la puerta sin saber que así entraba en este cuadro.
Así la historia pasa de ser meramente descriptiva a tener acción, un movimiento. Y esto, nos obliga, a tomar una dirección. A tomar un “adelante” y un “atrás”. El mero hecho de que exista una acción fuerza a toda la composición a definirse en el tiempo.
Y era eso lo que quería evitarle. Porque, y créame que lo digo en serio, lamento mucho todo esto. Prefería la historia sin un orden ni acción. Porque, hasta entonces usted está vivo y no en el suelo de una habitación deprimente, tirado junto a una manta roja y raída.
Pero, una vez que la acción comienza todo sucede de golpe. Y luego llega el “bang”, el “oh” ahogado y el “plof” de su cuerpo contra el suelo.
¿Lo ve? Por eso hay ocasiones en las que comenzar por el principio lo complica todo.