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El náufrago del alma estaba solo. En aquella isla plana, sin cocotero ni playa. Sin nadie que hiciese compañía a la soledad de su alma.
No sabía, no importaba, ni el cuándo ni el cómo. Sólo que el silencio de las olas ahogaban el grito de su alma. Alma náufraga, alma sola. Alma cubierta de sal y arena. Alma que se secaba bajo el sol en una isla sin playa.
El náufrago era la isla, esa isla sin playa. Esa isla a la que nadie más llegaba. Había luchado duro, contra la fuerte marea, contra las olas que le empujaban, contra la resaca que tiraba. Había nadado lejos, había construido balsas. Pero tras marea, olas y resaca, la isla regresaba.
A veces pasaban barcos, cargados de gentes extrañas. Y algunos pasajeros saludaban a la isla plana. En contadas ocasiones, algunos desembarcaban, poniendo pie por un tiempo, en la isla sin playa. Daban sombra al alma, que por ese tiempo no se secaba, y bebía de las visitas, saciando su sed solitaria.
En esos momentos la isla crecía, sin cocotero y sin playa, pero en compañía. Parecía que las olas hubiesen cejado en su empeño, de derribar la isla ya acabado el tormento.
Pero el barco volvía, a recoger al viajero, que dejaba la isla sola, sin playa. Sin cocotero. Una vez más solo, el náufrago del alma, se secaba bajo el sol, mientras se le cuarteaba el alma.
Y la marea subía. Y la marea bajaba. Bañando la isla plana, bañando la isla sin playa. Volvería algún visitante, volvería la ola enfadada. Seguiría así el ciclo, en aquella isla sin playa.
Nadie más naufraga, pues no hay arena ni playa. Las olas no devuelven nada, las olas todo se tragan. Y en la negrura del océano, sigue flotando ese alma. Esa isla plana. Esa isla sin playa.